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4/4/2026
Ir a la Habana, un libro donde viaja Leonardo Padura y que presentará en México

Ir a la Habana, un libro donde viaja Leonardo Padura y que presentará en México

El reconocido escritor cubano visitará cuatro ciudades para compartir las entrañables historias plasmadas en su libro *Ir a La Habana* y celebrar los 15 años de su aclamada obra El hombre que amaba a los perros.

Fecha de publicación:
12 de febrero de 2025, 04:23

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    La semana que viene estará en México el afamado escritor cubano Leonardo Padura. Viene a presentar el libro que salió al mercado en septiembre de 2024 y se agotó en su primera edición en España. Estuvo por 10 semanas entre los más vendidos y figuró en numerosas listas de los libros del año.

    Ir a la Habana (Tusquets, su eterna casa editora) es un fascinante paseo por La Habana con un guía de lujo, el propio Leonardo Padura, que cuenta la ciudad donde transcurren los hechos.

    Este libro ofrece un paseo por los barrios de La Habana en forma de historia autobiográfica del propio novelista, que va desde Mantilla hasta los diferentes barrios de la ciudad. Y en cada uno de ellos, su historia se complementa con los fragmentos de las novelas donde aparecen. A la vez, en una segunda parte, se reúnen varios reportajes sobre los aspectos más sorprendentes y desconocido de su historia. No es difícil ver en muchos de ellos el embrión de los casos de Mario Conde o el pasado evocado en tantas novelas de Padura, que nos hace vivir la ciudad y viajar en el tiempo.

    “Ir de Mantilla a la Habana supone una reflexión sobre la literatura, sobre la vida, sobre la historia. Es la reflexión de un mantillero, pero es también la reflexión sobre una ciudad, una ciudad que él ha observado sintiéndose parte de ella desde que era niño, todavía con la historia de lo que había significado la Habana como centro económico y festivo, muy agitado, dependiendo de los intereses de los Estados Unidos. Después, lo que fue la revisión de la Habana revolucionaria y, después, el camino hasta llegar hasta donde se está hoy y hasta las dificultades de todo tipo que se tienen”, opina el poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, cuando se presentó el libro en dicha institución.

    “La importancia que tuvo su relación con los masones a través de la herencia de su padre, la importancia que tuvo el béisbol y el juego desde el barrio, que le hizo comprender dos lecciones importantes. En primer lugar, que en la vida hay que trabajar en equipo, que no se consiguen las cosas solo. Y, en segundo lugar, que es muy importante no perder la conciencia competitiva y el deseo de seguir adelante. Es una reflexión escrita con mucha sinceridad, aunque haya alguna cosa que no me creo. Él se educó y vivió muy cerca de un paradero de guaguas y, entre otras cosas, allí aprendió a ser ratero, a robar carteras, pero, después, dice, aprendí a ser ratero sin haber robado nunca una cartera. Yo eso no me lo creo, porque no se puede aprender a ser ratero sin robar una cartera. A mí me parece muy emocionante la reflexión que se hace sobre la literatura en muchos aspectos”, agrega.

    “En primer lugar, sobre las relaciones que se establecen entre el yo biográfico y el yo literario. Todos tenemos una experiencia biográfica, pero a la hora de escribir no podemos encerrarnos en nuestro propio pozo, sino tenemos que establecer diálogo con los demás. Y, en este sentido, es muy eficaz la manera de entender la literatura de un libro, que recoge los recuerdos personales de Leonardo, con la manera de vivir, por ejemplo, su personaje Mario Conde, La Habana, y de poder establecer de qué modo se pasa el yo biográfico al yo literario y de qué modo ese paso es una apuesta de reconocimiento a los otros”.

    “Porque nuestros personajes no solo hablan de nuestras historias, sino también de las historias que han oído de los demás o que han heredado de los demás. Y, en ese sentido, se amplía mucho la significación en el proceso de un yo literario que se convierte en un exponente de todos, superando los límites del yo biográfico. Y muy interesante también la reflexión sobre la ciudad”, afirma.

    Este es el decimoctavo libro que Leonardo Padura publica con Tusquets, una relación que ya lleva 30 años, que al autor mismo lo sorprende y lo asusta: “Cómo es posible que hayamos llegado a tanto”, dice.

    “Nunca pensé que yo fuera a escribir sobre ese proceso de conocimiento, de apropiación de un sitio como ese, simplemente lo viví de una manera muy natural, viví en esos primeros años revolucionarios y debo decir que tuve una infancia muy feliz. La esquina de mi casa, que está en la calzada de Managua, es la que va desde una parte todavía céntrica de la ciudad hacia el sur, un pueblo que se llama Managua, que sería como el final legal o municipal de lo que es La Habana, aunque ya es un pueblo que está bastante distante. Y las entrecalles en Cuba, las entrecalles son muy importantes, la calle Libertad y la calle Magún.

    Magún, nada más y nada menos que por Charles Magún, el interventor estadounidense de la segunda intervención. Es decir, que estábamos entre la Libertad y Magún, miren ustedes qué clase de contradicción. Pero en la calle Libertad, que es la que queda más cerca de mi casa, mi casa está más pegada a la calle Libertad, fue donde empecé a jugar béisbol desde muy niño, desde muy niño.

    Y ahí empezó a fraguarse algo que me ha acompañado y que he tratado de preservar. Y a veces digo, cuántas cosas uno ha tenido y va perdiendo por el propio paso de la vida. Ahí conocí a mis primeros amigos, a mis primeros amigos, verdaderamente amigos, con los que jugábamos béisbol”, recordó y evocó el autor de El hombre que amaba a los perros (Tusquets).

    En otro tramo de la presentación, Leonardo Padura habla de la literatura de La Habana y revela el “corte importante” que hay en los ‘60. “Ocurre que en el año 59 de la Revolución hay un corte histórico aquí importante y en los 60 la literatura cubana todavía tiene un momento de esplendor. Hay un libro que posiblemente se haya empezado a escribir que son dos libros fundamentales, unos años antes y se publican unos años después, que son El siglo de las luces, de Alejdo Carpentier y Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Son dos libros que son la concreción definitiva de La Habana, incluso a nivel lingüístico, a nivel verbal. Guillermo Cabrera Infante, de alguna forma, condensó, cristalizó el habanero literario. Esa lengua que hablan los cubanos, los habaneros, la convirtió en literatura.

    “Pero bueno, viene la década del 70 y ahí sí hay un corte profundo en la literatura cubana, con todos los procesos que ocurrieron, de los que yo hablo bastante en mi novela Máscaras y ahora más recientemente en Personas decentes, pero ya en los 80 la generación a la que pertenezco trata de encontrar otra forma de expresión en la poesía, en el teatro, en la narrativa y la ciudad se convierte en un sitio importante, una reflexión importante, un espacio importante. Y sobre eso hemos escrito fundamentalmente una literatura urbana, que es un fenómeno de casi toda Latinoamérica. Si hace 40 años las novelas ejemplares del momento eran Pedro Páramo, El Siglo de las Luces, Cien Años de Soledad, Conversación en la Catedral, La Casa Verde, esto ahora son las novelas de las ciudades en toda América Latina. Lo urbano se ha impuesto como espacio preferencial de la literatura. Y en el caso cubano ha ocurrido también.

    ¡Leonardo Padura de gira en México!

    El reconocido escritor cubano visitará cuatro ciudades para compartir las entrañables historias plasmadas en su libro Ir a La Habana y celebrar los 15 años de su aclamada obra El hombre que amaba a los perros. Estará por supuesto en la ciudad de México, irá a Guadalajara, a Querétaro y terminará en Torreón su visita a este país, que tanto lo quiere y lo admira.

    El 26 de febrero, a las 18 horas, lo recibirá la UNAM, en una conversación con la escritora y Coordinadora de Difusión Cultural, Rosa Beltrán, en la sala Miguel Covarrubias.

    Adelanto de Ir a la Habana, con autorización de Planeta

    La ciudad y sus fantasmas

    Un día, seguramente caluroso y posiblemente de 1965, un grupo de mis amigos del barrio y yo —recuerdo a Jorge el Conejo, Danilo el Gordo y a Felicio el Negro— nos atrevimos a realizar al fin una siempre planificada cacería de fantasmas y misterios: así, armados de palos y de piedras, como exigía la aventura, nos habíamos arriesgado a entrar en el lóbrego y en ese momento abandonado recinto donde, desde la segunda década del siglo xx, se levanta el llamado Castillo de Averhoff. Aquella intrépida incursión, que, para nuestra decepción, resultó infructuosa (al menos en su intención fantasmal), en cambio me reportó como ganancia una visión que resultaría premonitoria y que entonces no fui capaz de descifrar, porque no podía descifrarla y porque la premonición solo se cumpliría en un futuro que aún tardaría décadas en llegar.

    Este edificio, ubicado en lo que en aquellos años todavía era el lindero meridional del poblado, es una especie de alcázar, ecléctico y plebeyo, concebido como morada burguesa. Con su estilo más o menos inglés, sus tejados rojos y suelos de mármol y unas ridículas atalayas más decorativas que funcionales, el castillo se distingue no solo por su estructura singular y anacrónica dentro de la fisonomía de la zona, sino también porque corona la única colina de 16 Mantilla, el barrio del sur habanero en el que nací en 1955 y donde aún vivo, en 2024.

    Hasta los días de la Revolución de 1933, cuando sus propietarios huyeron de la ira popular y lo abandonaron, el inmueble había servido como finca de recreo de la familia Averhoff-Sarrá, y, desde su misma inauguración, la inflamada imaginación de mis coterráneos había convertido el sitio en nido de leyendas de orgías (al parecer reales) y luego en morada de sanguinarios orangutanes torturadores, y los habituales zombis y fantasmas inquietos que suele haber en los castillos.

    En algún momento de la expedición, sin ningún motivo todavía discernible que no fuera la demostración de mi valentía, recuerdo con alarmante nitidez que me separé de mis compañeros y subí al tenebroso piso superior del edificio. Allí, luego de espantar murciélagos y otras alimañas, trepé por una ventana desvencijada para salir a una especie de terraza que, por su ubicación, quizás había sido concebida como el privilegiado mirador del inmueble. Y en ese momento sufrí una verdadera conmoción: ante mis ojos, encandilados por el sol, de sur a norte, de este a oeste, desde mi vecindario periférico hasta el mar de la envolvente bahía que mira a la corriente del Golfo y el estrecho de la Florida, se extendía sin interferencias el plano abigarrado de la ciudad en la que había nacido (eso lo sabía), la ciudad donde viviría (eso era lo que, supongo, esperaba que sucediera y debía suceder), la misma en la cual, contra todo pronóstico, se asentaría y desarrollaría algo que el niño mataperros mantillero de entonces ni sabía ni esperaba ni suponía que llegaría, porque nada en mi vida anunciaba que me podría suceder y me sucedería: la posibilidad de escribir mi literatura.

    Pero ahí, exhibiéndose, tentadora, asediada por el sol del trópico, estaba La Habana, toda La Habana, abierta como un abanico, intrincada como un misterio, incitante como una invitación a descubrirla, a poseerla, a emprender la fiesta innombrable en la que he bailado durante todos estos años, que van siendo muchos, los años que he dedicado a esto, a escribir en la ciudad, sobre ella, con el espíritu, el idioma, la historia visible y oculta de este sitio mágico y entrañable al que pertenezco.

    Lástima de lugar, ¿verdad?… Pero fíjese que todavía esta ciudad tiene algo mágico, como un espíritu poético invencible, ¿no? Mire, aunque las ruinas circundantes sean cada vez más extensas y la mugre pretenda tragárselo todo, todavía esta ciudad tiene alma, señor Conde, y no son muchas las ciudades del mundo que pueden vanagloriarse de tener el alma así, a flor de piel… 1989. Máscaras (1997)

    Un mantillero va a La Habana

    La circunstancia geográfica y sentimental de haber nacido en Mantilla, el barrio que se desparrama desde la colina coronada por el castillo de Octavio Averhoff, mucho ha tenido que ver con la relación física, espiritual y finalmente literaria que he sostenido con este espacio urbano y con la gente que lo puebla y lo ha poblado, confiriéndole una identidad muy definida y dándole, de muchas formas, un carácter a mi propia personalidad, a mis maneras de entender y practicar la vida.

    Porque cuando nací, en 1955, y ya cuando tuve uso de razón y empecé a tener nociones del mundo en que vivía, de manera natural incorporé a mi lenguaje una importante precisión que desbordaba una simple cuestión espacial, pues advertía de la condición geográfica aunque también espiritual de mi barrio: en mi casa a cualquier desplazamiento desde Mantilla hacia los centros comerciales, institucionales e históricos de la ciudad se le decía «ir a La Habana».

    La expresión, que todavía uso, debió de haberse acuñado al menos un siglo antes, cuando Mantilla era apenas un caserío extraviado a la vera del Camino Real que conectaba el mar del norte y el del sur de la provincia (la maldita circunstancia del agua por todas partes) y ni siquiera tenía categoría de término municipal, y mucho menos una iglesia o cualquier entidad oficial. Esa fue la época —o tal vez ocurrió antes— en que un tatarabuelo de apellido Padura, quizás vasco, quizás ya cubano, sentó sus reales en este territorio y, con dos o tres familias más, dio origen al asentamiento periférico que crecería casi al mismo ritmo que la estirpe marcada con ese apellido llegado a Cuba no se sabe cuándo ni cómo desde las montañas de Vizcaya.

    Mario Conde nació en un barrio bullanguero y polvoriento que, según la crónica familiar, había sido fundado por su tatarabuelo paterno, un isleño frenético que prefirió aquella tierra estéril, alejada del mar y de los ríos, para levantar su casa, crear su familia y esperar la muerte lejos de la justicia que aún lo buscaba en Madrid, Las Palmas y Sevilla. El barrio de los Condes nunca conoció la prosperidad ni la elegancia, y sin embargo creció al ritmo geométrico de la estirpe del canario estafador y absolutamente plebeyo que tanto se entusiasmó con su nuevo apellido y su mujer cubana de la que tuvo dieciocho hijos a los que hizo jurar, a cada uno en su momento, que tendrían a su vez no menos de diez hijos y que incluso las hembras les pondrían a sus vástagos como primer apellido aquel Conde que los haría distintos en el barrio. 1989. Pasado perfecto (2000), pág. 101

    En aquella geografía precisa habían nacido sus abuelos, su padre, sus tíos y él mismo y deambular por aquella Calzada, que vino a tapizar el antiguo sendero por el que viajaban hacia la ciudad las mejores frutas de las arboledas del sur, era una peregrinación hacia sí mismo hasta límites que pertenecían ya a las memorias heredadas de sus mayores. Desde que el Conde naciera hasta entonces aquella ruta había cambiado más que en los doscientos años anteriores, cuando los primeros canarios fundaron un par de pueblos más allá del barrio y comenzaron el negocio de la cosecha de frutas y verduras, al que luego se sumarían algunas decenas de chinos. Un camino de polvo y unas casas de madera y teja en la guardarraya fueron acercando aquellos confines del mundo a la agitada capital y, justo por la época en que nacía el Conde, el barrio ya era parte de la ciudad, y se pobló de bares, bodegas, un club de billar, ferreterías, farmacias y un paradero de ómnibus, moderno y competente, encargado de hacer más cercana aquella participación citadina conseguida por el barrio. Entonces las noches se fueron haciendo largas, iluminadas, concurridas, con una alegría pobre pero despreocupada de la que el Conde solo tenía algunos recuerdos desgastados por el tiempo. 1989. Vientos de cuaresma (2001), págs. 84-85

    Con mis padres, primero a bordo del indestructible Chevrolet 1952 y luego del vistoso Plymouth 1958 «cola de pato» que hasta hace poco formó parte de la familia, desde muy niño yo empecé a «ir a La Habana», ese sitio pletórico de atractivos, al cual sentíamos que pertenecíamos y a la vez no pertenecíamos. Y desde entonces conocí la Habana Vieja o colonial; recorrí el centro urbano comercial desplegado por las calles Galiano, Belascoaín, San Rafael, Monte y la antigua Calzada de la Reina, con sus elegantes tiendas por departamentos y atractivas vidrieras; visité la capital turística de clubes sociales y espacios festivos propicios para banquetes y celebraciones cumpleañeras; y también sufrí La Habana atemorizante de los hospitales y clínicas a las que necesité ir en algún momento. De aquellos recorridos infantiles, a fines de la década de 1950 y principios de 1960, se me han quedado prendidos algunos recuerdos que todavía hoy puedo evocar con absoluta transparencia, a pesar de que, de la mayoría de los sitios que los engendraron, ya hace décadas apenas quedan trazas de cómo fue su antigua existencia o, peor, simplemente se esfumaron.

    Porque, como es sabido, en 1959 se había producido en Cuba el triunfo de la revolución de Fidel Castro, un proceso histórico que muy pronto y mucho cambiaría la vida del país y, por supuesto, la vida de la ciudad y de sus habitantes. Pero en los albores de la década de 1960, La Habana en revolución aún se desplazaría durante un buen tiempo por el esplendor luminoso que había alcanzado su clímax en los equívocos días de la década anterior, cuando pretendió convertirse en el Montecarlo del Caribe, el corazón de las Cien Millas de oro que cubrirían una parte del litoral norte de la isla que da la cara al estrecho de la Florida. Es La Habana que ya era una gran metrópoli cuando Miami apenas existía y que por entonces se proponía ser más atractiva y asequible al turismo que Las Vegas, pues, como la ciudad naciente en el desierto norteamericano, tendría todas las atracciones imaginables, pero con el decisivo añadido de poseer las privilegiadas condiciones geográficas que podía brindar una villa tropical flanqueada de playas de arenas muy blancas, al borde del mar cálido del golfo de México y con una historia y muchas tradiciones a cuestas. Era La Habana en donde Ernest Hemingway vivía y bebía daiquiris gigantescos en El Floridita, en la que Nat King Cole cantaba en Tropicana (The most famous cabaret in the world), que recorrían Marlon Brando, Ava Gardner y Errol Flynn y donde se filmaba

    Nuestro hombre en La Habana, y que, en una época de dura represión política y galopante corrupción institucional, crecía en función de la industria del turismo y el ocio…, una empresa comercial muchas veces regentada y organizada por la mafia bajo la mirada avispada de Meyer Lansky, establecido por largas temporadas en la capital cubana, donde el cerebro comercial de la Cosa Nostra tenía casa, amores y sueños de grandeza.

    Recorrer en Navidad las zonas comerciales de la ciudad para contemplar las vidrieras montadas con productos brillantes, engalanadas con luminarias, muchos juguetes apetecibles, árboles nevados, nacimientos del Niño Jesús y hasta barbudos Santa Claus de más reciente importación, trazó una muesca indeleble en mi memoria infantil, un recuerdo que viene acompañado por los colores de luces y objetos y la sensación del frío que solía hacer en diciembre (¿adónde se fue el frío de diciembre?). Y aunque seguramente estoy equivocado, sigo convencido de que nunca, en mis muchos recorridos por el mundo, he vuelto a ver y sentir el hechizo de semejante belleza concentrada, capaz de deslumbrar con su avasallante poder a un niño de pocos años. Todo era atractivo, magnético, prometedor de placeres y quiero creer que verdaderamente hermoso. A la vez, visitar la pobrísima casa de mis tías en el corazón de la Habana Vieja y sentir la energía intensa y variopinta de lo que por tres décadas había sido (y ya en 1960 dejaba de ser) la muy animada y estridente judería habanera, con restaurantes, comercios, cines, cafeterías y heladerías de toda laya y todavía en activo y eficiente funcionamiento, implicó para mi sensibilidad de niño un aprendizaje acelerado de lo que era la vida más real de la ciudad más viva y auténtica, con sus calles estrechas, incluso sombrías, de las que siempre emanaba el vaho dulzón del gas butano que mi olfato nunca ha olvidado. Allí la belleza brillante y diseñada de las vidrieras de la zona comercial era sustituida por el más intenso abigarramiento físico, espiritual, cultural, étnico, religioso, mercantil, un entramado de progreso y tradición, de miseria y éxito que perfilaba uno de los rostros más auténticos y excitantes de la capital cubana. Allí el dinero se contaba en centavos y rara vez en pesos, y lo que eso implicaba para una parte de mi familia también lo aprendí… Y luego conocería que ese había sido el rincón urbano por donde se había exhibido en su caballo blanco y con sus perros labradores Alberto Yarini, el mismo sitio al cual había llegado escapando del fascismo y donde viviría varios años el personaje de Daniel Kaminsky, un judío hereje. Varios años le tomaría a Daniel Kaminsky llegar a aclimatarse a los ruidos exultantes de una ciudad que se levantaba sobre la más desembozada algarabía. Muy pronto había descubierto que allí todo se trataba y se resolvía a gritos, todo rechinaba por el óxido y la humedad, los autos avanzaban entre explosiones y ronquidos de motores o largos bramidos de claxon, los perros ladraban con o sin motivo y los gallos cantaban incluso a medianoche, mientras cada vendedor se anunciaba con un pito, una campana, una trompeta, un silbido, una matraca, un caramillo, una copla bien timbrada o un simple alarido. Había encallado en una ciudad en la que, para colmo, cada noche, a las nueve en punto, retumbaba un cañonazo sin que hubiese guerra declarada ni murallas para cerrar y donde siempre, siempre, en épocas de bonanza y en momentos de aprieto, alguien oía música y, además, la cantaba. 24 […] Como era de esperar, cuando Daniel Kaminsky cayó en la ciudad de las estridencias, durante mucho tiempo recibiría los embates de aquel explosivo estado sonoro como una ráfaga de alarmas capaz de sobresaltarlo, hasta que con los años consiguió comprender que en ese nuevo mundo lo más peligroso solía venir precedido por el silencio. Vencida aquella etapa, cuando al fin logró vivir entre ruidos sin escuchar los ruidos, como se respira el aire sin conciencia de cada inhalación, el joven Daniel descubrió que ya había perdido la capacidad de apreciar las benéficas cualidades del silencio. Pero se ufanaría, sobre todo, de haber conseguido reconciliarse con el estrépito de La Habana, pues, al mismo tiempo, había alcanzado el empecinado propósito de sentir que pertenecía a aquella ciudad turbulenta adonde, por suerte para él, había sido arrojado por el empuje de una maldición histórica o divina —y hasta el final de su existencia dudaría respecto a la más atinada de esas atribuciones. 1939. Herejes (2013), págs. 17-18 De lo que tampoco podía tener entonces la menor idea o sospecha era de que semejantes visiones, percepciones y sensaciones de la ciudad, a las que podría agregar las imágenes ya asimiladas de mi barrio periférico y natal, pronto comenzarían a vivir su agonía hasta esfumarse o transformarse en una versión urbana que año tras año se iría despojando de sitios, de referencias, de posibilidades y de muchos de sus atractivos originales, no siempre sustituidos con alguna alternativa satisfactoria, en lo que ha sido un largo proceso que podría calificar de decadencia, más que de evolución o cambio. Un primer paso en un dilatado tránsito hacia la 25 deconstrucción y un extrañamiento que podría calificar de urticante sensación de «ajenitud», que, sibilina y progresivamente, se han instaurado en mi ciudad o al menos en mis percepciones sobre ella. Porque pronto comenzaría a ver cómo las luces se iban apagando, las vidrieras languideciendo, las calles y edificios agrietándose y tanta gente muriendo o huyendo o apenas sobreviviendo, en lo que ha sido un doloroso proceso que aún hoy, más de seis décadas después, no termina, o más bien se acelera… Y es que mientras yo crecía y comenzaba a tener raciocinio, a mi alrededor se iniciaba el desarrollo de una travesía social, histórica, política y económica llamada Revolución que, como su nombre lo advierte, trastocaría las cosas, las revolvería, las voltearía: y La Habana sufrió ese vértigo de huracán que lo cambia todo, altera las fisonomías y a su paso arrasa con tantas cosas. Y yo he vivido y contemplado ese dramático transcurso cada día, mes y año de mi existencia, con mi barrio y mi ciudad, en mi barrio y en mi ciudad, hasta este presente que, con tantos cambios reales y proyectos nunca realizados a cuestas, no consiguió construir el futuro luminoso que nos prometieron. Aquel paseo en solitario por el barrio era un placer que cada cierto tiempo el Conde se concedía […] Avanzando hacia su casa, de cara al viento y dejando que la brisa arrastrara minutos vacíos, el Conde sintió otra vez la comunión sentimental que lo ligaba a aquella calle mal pintada y sucia en la que faltaban ya muchos jirones de sus propias remembranzas: el puesto de fritas del Albino, junto a la escuela donde estudió varios años; la panadería demolida, a la que cada tarde iba en busca de un pan tibio y generoso; el bar El Castillito, con su victrola cargada de voces que siempre encontraban algún borracho dispuesto a hacerles la segunda; la guarapera de 26 Porfirio; la sociedad de las guagüeros; la barbería de Chilo y Pedro, devastada por el único incendio realmente feroz en la historia del barrio; el salón de bailes, convertido en escuela, donde un día de 1949 se produjo la misteriosa conjunción sentimental de aquellos adolescentes que hasta entonces ignoraban cada uno la existencia del otro y que unos años después serían sus padres; y la ausencia notable de la valla de gallos donde se forjaron todos los sueños de grandeza de su abuelo Rufino el Conde, convertida ahora en un solar yermo de donde habían desaparecido los jaulones, el olor de las plumas, el círculo de los combates y hasta las estampas prehistóricas de los tamarindos que él había aprendido a trepar bajo la mirada experta del abuelo. Sin embargo, hasta en la tristeza de sus ausencias, en sus desolaciones, en sus nostalgias irrecuperables aquel ámbito era el suyo porque allí había crecido y aprendido las primeras leyes de una selva de siglo xx tan esquemática en sus dictámenes como las reglas de una tribu en plena edad de piedra: había aprendido el código supremo de la hombría que estipulaba que los hombres son hombres y no hay que pregonarlo, pero hay que demostrarlo cada vez que sea necesario. 1989. Vientos de cuaresma (2001), págs. 84-85.

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    Este texto se publicó originalmente en el sitio Maremoto, en este enlace.

    Fecha de publicación:
    12 de febrero de 2025, 04:23

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