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10/12/2026
Leopoldo-Maldonado

Autores:

Leopoldo Maldonado
Leopoldo Maldonado

Celebrar en un país roto

"Celebrar no significa olvidar, ni festejar implica omitir. Una sociedad sana debería ser capaz de hacer ambas cosas".

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    Confieso que cada gol de México provoca algo difícil de explicar. Grito, abrazo, celebro. Por un instante me permito sentir esa alegría colectiva que sólo el futbol parece producir. Es una emoción genuina, de esas que logran suspender por unos minutos el peso de la realidad. Sin embargo, apenas termina el partido, vuelven las preguntas.

    No porque celebrar sea una falta de sensibilidad. Tampoco porque haya que convertir cada victoria deportiva en una oportunidad para regañar a quienes festejan. México necesita celebrar, hoy más que nunca. Un país atravesado por la violencia, el miedo, la incertidumbre y el desgaste cotidiano también necesita momentos para respirar, abrazarse y sentirse parte de algo compartido. Sería un error despreciar esa necesidad.

    Pero sería un error igual de grave convertir esa alegría en un nacionalismo ramplón que pretende decretar una unidad inexistente, como si noventa minutos de futbol pudieran borrar las fracturas que nos atraviesan desde hace décadas. Mientras millones celebrábamos un triunfo mundialista, otro México seguía su curso. El de las familias buscadoras que continúan recorriendo cerros, brechas y fosas con la esperanza de encontrar a quienes el Estado no ha podido encontrar. El de las colectivas que vuelven a salir a las calles para exigir verdad y justicia y que el martes encontraron represivas en lugar de diálogo. El de las personas periodistas que siguen ejerciendo su trabajo bajo amenaza.

    Ahí está el caso de Roxana Guzmán. O el del periodista Marcos Ramos, baleado en Chiapas hace unos días. Mientras el país encontraba motivos para cantar un gol, colegas periodistas exigían respuestas por la violencia que volvió a colocar el ejercicio periodístico frente a uno de sus mayores riesgos, el de informar en un país donde hacerlo puede costar la libertad o la vida. Nada de eso desaparece porque gane la selección nacional.

    Los sentimientos pueden convivir sin anularse, las contradicciones pueden abrazarse. Celebrar no significa olvidar, ni festejar implica omitir. Una sociedad sana debería ser capaz de hacer ambas cosas. Emocionarse por una victoria deportiva y, al mismo tiempo, conservar intacta la capacidad de indignarse frente a la injusticia.

    Quizá el problema comienza cuando alguien se pretende utilizar una emoción para cancelar la otra. En los últimos días han aparecido voces que hablan de una supuesta unidad nacional recuperada gracias al futbol. Ojalá fuera tan sencillo. Los países no se reconcilian porque once jugadores ganen un partido. Las sociedades no reparan sus heridas mediante un marcador favorable. La identidad compartida puede fortalecerse durante un torneo, pero las desigualdades, la violencia y la exclusión siguen esperando respuestas cuando termina el silbatazo final.

    Pienso en los Méxicos paralelos, uno donde todavía es posible vivir dentro de una burbuja de privilegios y otro donde la violencia, la pobreza y la exclusión determinan cada decisión cotidiana. Dos maneras de experimentar un mismo territorio, como si fueran países distintos en los que puede pasar toda una vida (o generaciones) sin conocer uno de otro.

    Quizá por eso el futbol provoca una emoción tan poderosa. Durante unas horas parece ofrecernos un espacio común donde esas fronteras desaparecen, donde gritamos el mismo gol y usamos los mismos colores. Todos creemos compartir una historia. El problema es que, terminado el partido, esas fronteras vuelven a aparecer. De hecho, el propio futbol ha puesto en evidencia, con los costos exagerados de los boletos, las brechas sociales que laceran este país. Peor aún, no sale indemne a la estela de dolor con las cuatro personas fallecidas en los tumultos en el Ángel de la Independencia.

    Un país partido, polarizado y herido no se reconstruye con victorias mundialistas. Se reconstruye cuando somos capaces de reconocernos como parte de un mismo proyecto. No para que pensemos igual, sino para entendemos que somos iguales en la diferencia. Se reconstruye con justicia para las víctimas, con verdad para las familias buscadoras, con protección para quienes ejercen el periodismo, con instituciones que sirvan a las personas antes que al poder. Se reconstruye con paz, pero una paz que no sea silencio, sino dignidad.

    Seguiré celebrando los goles de México, ojalá vengan muchos más. Quizás con cierta ingenuidad espero que las victorias deportivas nos ayuden a construir un sentido de colectividad para volvernos más empáticos. Y es a partir de ahí que también quisiera que algún día pudiéramos celebrar que ninguna madre tuvo que salir a buscar a su hijo, que ninguna periodista desapareció por hacer su trabajo y que ninguna persona fue reprimida por exigir justicia. Ese sí sería un campeonato capaz de cambiar un país.


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