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9/4/2026
Carlín2

Del Himalaya al Orinoco: el Leviatán tiene sed por el Capitalismo fósil.

En Nepal vimos las consecuencias. En Venezuela vemos la causa.

Fecha de publicación:
1 de septiembre de 2026, 07:36

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    Parecerían historias separadas por medio planeta: de un lado, comunidades golpeadas por inundaciones, deslaves, deshielo y fenómenos meteorológicos cada vez más violentos; del otro, normes reservas de petróleo enterradas bajo la cuenca del Orinoco. Pero ambas historias pertenecen al mismo relato. Son dos extremos de una misma tubería.

    Por un extremo entra el petróleo. Por el otro sale la catástrofe climática. Y en medio está el capitalismo fósil, administrando ganancias privadas y distribuyendo colectivamente las consecuencias.

    La tragedia de Nepal nos permite hablar del Leviatán climático: esa criatura gigantesca construida por Estados, corporaciones, mercados financieros, ejércitos y consumidores, incapaz de detenerse aun cuando conoce perfectamente las consecuencias de continuar alimentándose con carbón, petróleo y gas.

    Ahora ese Leviatán ha vuelto a mostrar los dientes. Esta vez en Venezuela.

    Donald Trump anunció que Estados Unidos obtuvo, mediante un “acuerdo negociado” con el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, control mayoritario sobre la explotación de más de 65 mil millones de barriles de reservas probadas de petróleo venezolano. Trump incluso presentó el acuerdo como si esas reservas pasaran a incrementar las estadounidenses.

    La frase resulta reveladora. Porque el petróleo sigue estando debajo de Venezuela. No debajo de Texas. No debajo de Florida. No debajo de Alaska. Está debajo de Venezuela. Sin embargo, el presidente de Estados Unidos habla de él como una ampliación de la capacidad petrolera estadounidense. Ahí comienza lo grotesco.

    Durante siglos, los imperios desarrollaron diferentes vocabularios para justificar el saqueo.

    Primero fue la evangelización. Después la civilización. Más tarde el progreso. Luego el desarrollo. 

    Ahora se llama inversión. Las palabras cambian. La estructura permanece.

    Donald Trump posee, además, una característica que lo diferencia de muchos de sus predecesores: frecuentemente prescinde de la elegancia diplomática necesaria para ocultar los intereses materiales detrás de la política exterior.

    Dice petróleo cuando quiere decir petróleo. Dice control cuando quiere decir control. Y precisamente por eso sus palabras resultan extraordinariamente útiles para comprender el funcionamiento del sistema. Es un Calígula moderno.

    El acuerdo anunciado contempla el desarrollo de 17 campos estratégicos y más de 65 mil millones de barriles de reservas probadas. Delcy Rodríguez afirma que el proyecto tendrá una duración de 25 años y permitirá elevar la producción vinculada al acuerdo hasta más de 1.5 millones de barriles diarios. Incrédula.

    Trump, por su parte, celebra que Estados Unidos haya conseguido el control mayoritario.

    ¿Soberanía? Formalmente, Caracas asegura conservarla. Materialmente, la pregunta resulta bastante más incómoda: ¿qué significa ser propietario de un recurso cuando otro Estado obtiene el control mayoritario de su explotación?

    Aquí la palabra expropiación puede no corresponder estrictamente a la figura jurídica. Pero políticamente aparece algo quizá más interesante: una expropiación funcional del poder de decisión.

    No necesariamente se necesita arrancar la bandera venezolana de los pozos petroleros. Basta con controlar quién extrae, cuánto extrae, quién invierte, quién compra y hacia dónde fluye el petróleo. El colonialismo del siglo XXI puede prescindir perfectamente del casco de explorador y de la bandera clavada sobre el territorio. Le basta un contrato.

    Y entonces aparece Delcy Rodríguez. Su posición resulta particularmente incómoda. Durante años, el discurso bolivariano construyó buena parte de su legitimidad alrededor de una palabra: soberanía. Soberanía nacional. Soberanía energética. Soberanía petrolera. Soberanía frente al imperialismo estadounidense.

    Ahora Rodríguez debe explicar cómo un acuerdo que concede control mayoritario estadounidense sobre la explotación de decenas de miles de millones de barriles constituye, de alguna manera, una reafirmación de esa misma soberanía.

    Su defensa es conocida: Venezuela conserva la propiedad de los recursos; Estados Unidos proporciona capital, tecnología y capacidad operativa; la inversión permitirá recuperar una industria devastada; el Estado venezolano recibirá ingresos gigantescos. Incrédulos.

    El argumento posee “racionalidad” económica. Pero también una contradicción política monumental. Porque cuando un país debilitado por años de crisis económica, sanciones, mala administración, corrupción, deterioro institucional y aislamiento termina aceptando que una potencia extranjera obtenga una posición dominante sobre su principal recurso estratégico, podemos discutir largamente la terminología jurídica.

    Lo que resulta mucho más difícil es llamarlo independencia económica. Delcy puede envolver el acuerdo en discursos sobre cooperación bilateral. Puede hablar de modernización. Puede hablar de inversión. Puede hablar de recuperación. 

    Pero existe una pregunta que ninguna ceremonia diplomática puede borrar: ¿quién tiene realmente la posición dominante en esa negociación?

    Porque las negociaciones entre Estados profundamente desiguales rara vez ocurren entre iguales.

    Una parte llega con petróleo. La otra llega con capital, empresas, sanciones, poder financiero, influencia internacional y una capacidad militar incomparablemente superior. Después ambos firman. Y nos dicen que fue un acuerdo entre iguales.

    Marco Rubio representa otra pieza fundamental de esta historia.

    Su discurso sobre Venezuela encaja dentro de una vieja tradición estadounidense: considerar América Latina como espacio estratégico subordinado a los intereses de Washington.

    La frase pronunciada por Rubio meses antes resulta extraordinariamente transparente: “Este es nuestro hemisferio”.

    Nuestro. Una palabra pequeña. Una palabra monstruosa. Porque México podría preguntar: ¿nuestro de quién? Brasil podría preguntar lo mismo. Colombia. Argentina. Chile. Venezuela. Todos vivimos en este hemisferio.

    Pero cuando el secretario de Estado de Estados Unidos dice “nuestro hemisferio”, la palabra parece adquirir otro significado. No significa simplemente pertenencia geográfica. Significa área de influencia.

    La vieja Doctrina Monroe, hoy Donroe, parece entonces levantarse de su tumba, sacudirse el polvo del siglo XIX y ponerse una corbata roja del siglo XXI.

    Rubio no necesita decir: América para los estadounidenses. Le basta con decir: nuestro hemisferio.

    El resultado conceptual es inquietantemente parecido. Y el petróleo venezolano ocupa un lugar central dentro de esa visión.

    Trump merece una atención especial porque representa una versión particularmente desnuda del capitalismo fósil.

    Mientras científicos advierten sobre la necesidad de reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero, mientras los glaciares retroceden, mientras las temperaturas globales aumentan y mientras regiones vulnerables sufren consecuencias desproporcionadas, Trump celebra incorporar decenas de miles de millones de barriles adicionales al horizonte energético estadounidense.

    El planeta dice: hay que dejar una parte importante de los combustibles fósiles bajo tierra.

    El mercado responde: ¿cuánto petróleo queda?

    La ciencia pregunta: ¿cuánto carbono podemos emitir todavía?

    El capitalismo pregunta: ¿cuánto dinero podemos obtener antes?

    Y Trump convierte esa contradicción en programa político. 

    Ahí aparece nuevamente Nepal.

    Porque los muertos de las inundaciones no participan en las juntas directivas de las petroleras.

    Los campesinos que pierden sus cultivos no fijan el precio internacional del petróleo. Las familias desplazadas por fenómenos climáticos extremos no negocian contratos energéticos. Pero pagan la factura. Ese es uno de los mecanismos esenciales del capitalismo fósil: privatizar la ganancia y socializar la catástrofe.

    En la negociación también aparece Pete Hegseth. Y su presencia posee un simbolismo difícil de ignorar. ¿Por qué una negociación energética necesita tener tan cerca al aparato militar estadounidense?

    Porque petróleo y poder militar nunca han sido mundos completamente separados. La historia contemporánea está llena de ejemplos donde seguridad energética, rutas comerciales, petróleo, geopolítica y fuerza militar terminan formando parte del mismo entramado.

    El capitalismo necesita mercados. Necesita recursos. Necesita rutas. Necesita estabilidad para las inversiones. Y cuando esa estabilidad no existe, aparece el Estado. Y detrás del Estado, en último término, existe siempre la fuerza. Ahí el Leviatán de Hobbes adquiere una mutación contemporánea.

    Hobbes imaginó al Leviatán como ese gigantesco poder político construido por los individuos para impedir que la sociedad descendiera hacia la guerra de todos contra todos. Nuestro Leviatán moderno resulta paradójico.

    Ya no solamente protege. También garantiza contratos. Protege inversiones. Asegura mercados. Vigila rutas comerciales. Impone sanciones. Controla sistemas financieros. Y, cuando lo considera necesario, despliega poder militar. El Leviatán lleva traje de banquero. Pero debajo conserva la armadura.

    Aquí debemos evitar también una lectura demasiado cómoda.

    No basta con denunciar a Trump. No basta con denunciar a Rubio. Ni siquiera basta con denunciar a Delcy Rodríguez. Porque existe un actor mucho más grande que todos ellos: el sistema económico que necesita que ese petróleo sea extraído. Si mañana desaparecieran Trump, Rubio y Rodríguez, los 65 mil millones de barriles continuarían ahí.

    Y aparecerían otros políticos.  Otros empresarios. Otros fondos de inversión. Otros gobiernos. Otros contratos. Porque el problema fundamental no reside exclusivamente en la maldad individual de determinados personajes. Reside en una estructura económica cuya reproducción depende del crecimiento permanente.

    Y crecimiento significa energía.

    Y mientras resulte rentable quemar hidrocarburos, existirá una presión gigantesca para extraerlos.

    Ese es el verdadero monstruo. Trump simplemente le pone rostro. Rubio le proporciona doctrina.

    Hegseth representa la fuerza que existe detrás del orden internacional. Delcy proporciona legitimidad local. Las petroleras aportarán maquinaria. Los bancos financiarán. Los mercados celebrarán. Y después alguien, probablemente muy lejos del Orinoco, sufrirá las consecuencias climáticas.

    Quizá nuevamente Nepal. Quizá Bangladesh. Quizá México. Quizá una comunidad que todavía no sabe que su próxima tragedia ya está siendo perforada a miles de kilómetros de distancia.

    Detengámonos frente a la cifra de 65, 000, 000, 000 de barriles.

    Es difícil imaginarla. Precisamente por eso las cifras gigantescas anestesian. Dejan de representar materia. Se convierten en abstracciones.

    Pero cada barril significa petróleo que potencialmente será extraído, refinado y transformado en combustibles y productos.

    Y una parte importante terminará convertida en emisiones. Por eso el acuerdo venezolano no puede analizarse únicamente desde la soberanía nacional.

    Existe además una pregunta planetaria.

    En plena crisis climática: ¿tiene sentido celebrar el desarrollo de decenas de miles de millones de barriles adicionales de petróleo?

    La respuesta del capitalismo fósil es afirmativa porque su horizonte temporal resulta excepcionalmente corto.

    El próximo trimestre. La próxima elección. El próximo balance financiero. El próximo precio de la gasolina. Trump necesita combustible barato. Las compañías necesitan reservas. El gobierno venezolano necesita “ingresos”. Delcy necesita “estabilidad”. Los voraces inversionistas necesitan rentabilidad.

    Todos poseen necesidades inmediatas.

    El clima, en cambio, trabaja lentamente. No presenta candidatura. No cotiza en Wall Street. No participa en elecciones. No contrata cabilderos. Simplemente acumula carbono. Hasta que un día cobra.

    Y aquí cerramos el círculo iniciado con Nepal.

    Un campesino nepalí puede no haber escuchado jamás hablar de la Faja Petrolífera del Orinoco.

    Un trabajador petrolero venezolano probablemente jamás conocerá personalmente el Himalaya.

    Pero ambos están conectados. El carbono no necesita pasaporte. No reconoce fronteras. No distingue entre capitalismo estadounidense, petróleo venezolano, industria china o automóvil europeo. Entra en la atmósfera. Y permanece allí.

    Después modifica temperaturas. Océanos. Lluvias. Glaciares. Sequías. Tormentas. El sistema económico fragmenta aquello que físicamente está unido.

    Nos dice que Venezuela es un problema energético. Nepal, un problema climático. Las inundaciones, un problema humanitario. La gasolina, un problema económico. Las elecciones estadounidenses, un problema político. Las petroleras, un problema empresarial.

    No. Es el mismo problema observado desde diferentes lugares. Es una “civilización” incapaz de establecer límites materiales a su propia expansión.

    Por eso lo ocurrido en Venezuela merece ser entendido como algo mayor que un simple contrato petrolero. Es una escena perfecta del capitalismo contemporáneo. Un país posee el recurso. Una potencia posee buena parte del capital y del poder geopolítico. Las corporaciones poseen tecnología.  Los políticos redactan el acuerdo. Y la atmósfera recibe los residuos.

    Trump podrá llamarlo el mayor acuerdo petrolero de la historia. Rubio podrá presentarlo como defensa del interés estadounidense. Hegseth podrá garantizar el entorno estratégico. Delcy Rodríguez podrá insistir hasta el cansancio en que Venezuela conserva su soberanía. Incrédula.

    Pero ninguna declaración modifica la contradicción fundamental: una humanidad amenazada por el calentamiento global continúa celebrando el descubrimiento, control y explotación de petróleo como si encontrar nuevos barriles fuera una victoria civilizatoria.

    Ahí reside la liviandad. No solamente en quién controla el petróleo venezolano. Sino en que todavía consideremos una buena noticia poder extraerlo.

    Hobbes imaginó un monstruo gigantesco construido con miles de cuerpos humanos. Nuestro Leviatán también está compuesto por millones de nosotros. Consumidores. Empresas. Gobiernos. Ejércitos. Bancos. Fondos de inversión. Automóviles. Refinerías. Oleoductos. Plataformas. Mercados.

    Todos formamos pequeñas escamas sobre su cuerpo. Y el monstruo tiene hambre. Tiene hambre de crecimiento. De energía. De minerales. De bosques. De agua. De petróleo. Sobre todo, tiene una sed infinita de petróleo.

    Por eso Nepal y Venezuela pertenecen al mismo ensayo.

    En Nepal contemplamos al Leviatán después de comer. En Venezuela lo estamos viendo sentarse nuevamente frente al plato.

    Trump sostiene los cubiertos. Rubio acomoda la servilleta. Hegseth vigila la puerta. Delcy Rodríguez sirve la mesa. Las corporaciones esperan su turno.

    Y sobre el mantel hay 65 mil millones de barriles de petróleo. Afuera, el planeta continúa calentándose. 

    Y quizá esa sea la imagen más brutal de nuestra época: mientras una parte de la humanidad intenta sobrevivir a las consecuencias del combustible fósil que ya quemamos, otra continúa peleándose ferozmente por el derecho a quemar el que todavía queda bajo tierra.

    El despojo de Venezuela y la tragedia de Nepal no son historias distintas. Son capítulos consecutivos.

    En uno se reparte el petróleo. En el otro se reparten los muertos. Y entre ambos camina, satisfecho, nuestro Leviatán.


    Luis Humberto Carlín Vargas

    arqueolobocarlin@hotmaíl.com

    “Lo que escribo tiene la intención de provocar reflexión; 

    no lo hago para agradar y mucho menos para dogmatizar”


    Fecha de publicación:
    1 de septiembre de 2026, 07:36

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