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El alcohol causa cáncer
"En 2022, el Instituto Nacional de Salud Pública estimó cuatro mil 695 muertes por cáncer atribuibles al alcohol, aproximadamente una cada dos horas".
Fecha de publicación:
1 de septiembre de 2026, 10:43
La industria del tabaco sabía que sus productos provocaban cáncer; sin embargo, lo ocultó durante décadas. Cuántas personas enfermaron y cuántas murieron a causa de este ocultamiento. La industria de bebidas azucaradas sabe que el consumo de sus productos causa sobrepeso, obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares, y lo ha negado durante años. La industria del alcohol ha sabido que el alcohol causa cáncer y lo ha ocultado. Facebook-Meta sabe y ha diseñado sus plataformas para que sean adictivas, y lo ha negado públicamente. Solamente cuando la salud pública se sobrepone al interés de las corporaciones, la población logra vivir en entornos más saludables.
Los documentos internos que salieron a la luz durante las demandas ante la Suprema Corte de los Estados Unidos contra la industria tabacalera demostraron que sus propios científicos conocían desde los años cincuenta la relación entre fumar y cáncer de pulmón. Incluso habían financiado investigaciones para entender el problema. Hacia finales de esa década, buena parte de la industria ya aceptaba internamente que fumar provocaba cáncer, mientras públicamente cuestionaba la evidencia.
La estrategia ha sido sencilla y extraordinariamente efectiva: sembrar dudas, decir que las enfermedades y daños asociados al consumo de estos productos tienen causas multifactoriales.
En el caso del tabaco, no tenían que demostrar que el tabaco era saludable. Bastaba con convencer a la gente de que la ciencia todavía no estaba 100 por ciento segura de sus daños. Que había otros factores. Que el problema era fumar demasiado. Que cada persona debía decidir por sí misma. Que se necesitaba "más investigación".
Un documento interno de Brown & Williamson lo resumió con una frase que se volvería célebre: "Doubt is our product". La duda era el producto. Sembrar la duda en los legisladores, en los políticos, para que no actúen.
Hoy debemos reconocer que estamos viendo una estrategia inquietantemente parecida alrededor del alcohol.
Porque la industria alcoholera sabe que su producto está relacionado con el cáncer. Y la ciencia ya no está discutiendo si existe esa relación. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, de la Organización Mundial de la Salud, clasifica las bebidas alcohólicas como carcinógenas para los seres humanos, dentro del Grupo 1. Esa clasificación, donde también se encuentra el tabaco, el asbesto y la radiación, significa que existe evidencia suficiente de causalidad: que el alcohol causa cáncer.
Lo que está en disputa no es la evidencia. Lo que está en disputa es cuánto de esa evidencia llegará al consumidor.
Un estudio en el Reino Unido que analizó la información difundida por 27 organizaciones vinculadas con la industria del alcohol encontró que utilizan tres estrategias recurrentes para desinformar: negar u omitir la relación entre alcohol y cáncer, distorsionar la magnitud del riesgo y distraer la atención hacia otros temas. Los investigadores han señalado que estas estrategias tienen paralelismos con las tácticas utilizadas históricamente por la industria tabacalera.
Cuando ingerimos alcohol, el etanol se transforma principalmente en acetaldehído, una sustancia capaz de dañar el ADN. El metabolismo del alcohol también genera estrés oxidativo, altera mecanismos celulares y, en el caso del cáncer de mama, puede modificar niveles hormonales relevantes para el desarrollo tumoral.
Además, cuando consumimos alcohol, nuestro juicio se ve alterado y perdemos el control de nuestros impulsos, perdemos nuestra coordinación motora, nuestro equilibrio. El alcohol, además de su relación con más de 200 enfermedades y daños en salud de las personas, provoca severos daños sobre la sociedad. Aumenta la violencia: en uno de cada tres casos de violencia de género e intrafamiliar, el agresor ha tomado alcohol. Se asocia con el abandono del trabajo, la familia, con crímenes y suicidio.
Conocemos esos daños familiares y sociales y parte de sus daños al organismo, pero poco o nada sabemos del hecho de que el alcohol causa cáncer de labios y cavidad oral, faringe, laringe, esófago, hígado, colon y recto, y mama. La evidencia científica también ha empezado a encontrar asociaciones con otros cánceres, entre ellos el de estómago, páncreas y próstata, aunque no todos tienen el mismo nivel de certeza causal.
Un estudio internacional financiado por la OMS estimó que en 2020 el alcohol fue responsable de aproximadamente 741 mil nuevos casos de cáncer en el mundo, equivalentes al 4.1 por ciento de todos los casos nuevos. Los cánceres de esófago, hígado y mama concentraron una parte importante de esta carga. Además, la relación es dosis-respuesta: conforme aumenta el consumo, aumenta el riesgo.
Pero eso no significa que exista una frontera mágica debajo de la cual el alcohol se vuelva completamente inocuo. La propia IARC ha documentado evidencia de riesgo incluso con consumos bajos para algunos cánceres.
En México, el problema adquiere otra dimensión. De acuerdo con la información de GLOBOCAN, en 2022 se registraron alrededor de 207 mil nuevos casos de cáncer y 96 mil muertes por esta enfermedad. Para ese mismo año, el Instituto Nacional de Salud Pública estimó cuatro mil 695 muertes por cáncer atribuibles al alcohol, aproximadamente una cada dos horas. El cáncer de hígado concentró la mayor proporción de estas muertes, seguido por el colorrectal, mama y próstata.
Y mientras esta evidencia se sigue acumulando, seguimos hablando del alcohol principalmente como un producto recreativo que está en todos lados y a todas horas. No se trata de prohibir el alcohol; se trata de tener políticas que no incentiven su consumo. De regular su publicidad, especialmente la que se dirige a los jóvenes. Ya parece ser una norma que los eventos deportivos o conciertos estén patrocinados e invadidos de publicidad y oferta de alcohol. A mayor publicidad, mayor consumo.
Se trata de reducir los puntos y horarios de venta. Con la expansión de las tiendas de conveniencia, con OXXO a la cabeza, han aumentado los puntos de venta. Los estudios en México y en el resto del mundo demuestran que a mayor cantidad de puntos de venta, mayor consumo.
Y algo determinante es el precio: entre más barato es el alcohol, mayor es su consumo, mayores son sus daños. Como explica la Red de Acción sobre Alcohol, en México es más barata una caguama o una pachita de alcohol que una barra de pan.
La pregunta es: ¿quién paga los daños?
Se calculan en 530 mil millones de pesos los costos generados por el consumo de alcohol en México; eso es tres veces más que el presupuesto para toda la educación superior en México.
Los consumidores deben conocer los daños del alcohol, y las corporaciones deben pagarlos.
Lo que pagan de impuestos las corporaciones alcoholeras es alrededor de una décima parte de los costos que genera el consumo de sus productos.
Y no importa que usted no beba alcohol, usted también está pagando sus daños a través de los impuestos, ya que las corporaciones se llevan las ganancias, pero los daños los pagamos todos. Recursos públicos que podrían ir para la educación, para la salud, así como recursos familiares que podrían dirigirse a mejorar el bienestar, se dirigen a cubrir los daños provocados por el consumo de un producto que se vende a unos metros de cada hogar, acompañado de promociones, publicidad y nuevos productos diseñados para que sean muy atractivos entre los jóvenes.
La evidencia internacional señala políticas concretas.
Impuestos y precios más altos. Cuando el alcohol aumenta de precio, el consumo disminuye, con efectos particularmente importantes entre jóvenes y personas que presentan patrones de consumo elevado. Como señala la Red de Acción Sobre Alcohol: en México es más barata una caguama o una pachita de alcohol que un pan de caja.
Menor disponibilidad. Limitar horarios, días y puntos de venta reduce oportunidades de consumo y exposición.
Restricciones estrictas a la publicidad, promoción y patrocinio. Especialmente en redes sociales y espacios deportivos, donde las marcas pueden convertirse en parte de la identidad cultural de una generación.
**Etiquetados sanitarios claros. Si una bebida alcohólica puede contribuir al desarrollo de cáncer, el consumidor tiene derecho a saberlo antes de abrirla, no después de que aparezca la enfermedad.
Y no hablamos de medidas experimentales. La IARC acaba de revisar específicamente la evidencia sobre políticas para reducir el consumo de alcohol y concluyó que existen intervenciones poblacionales capaces de disminuirlo.
México ya sabe hacer esto.
Lo hicimos con el tabaco.
Durante años nos dijeron que los impuestos destruirían empleos, que las restricciones publicitarias eran excesivas, que las advertencias asustaban a los consumidores y que el problema era responsabilidad individual.
Hoy nadie serio sostiene que fumar sea inocuo y que es un asunto meramente personal. Sabemos y hemos comprobado que las políticas públicas son fundamentales para reducir los daños de estos productos Piense usted cuál sería la situación si no estuviera prohibida la publicidad del tabaco, si una cajetilla estuviera en 15 pesos, si se pudiera seguir fumando dentro de los espacios cerrados, en las escuelas, el trabajo, el transporte público.
Con el alcohol tenemos que abandonar exactamente la misma trampa de poner la responsabilidad únicamente en la persona, se requieren políticas públicas.
La pregunta ya no es que debemos hacer.
La pregunta es por qué no lo estamos haciendo.
La respuesta está en quién se beneficia de esta situación y a quién sirven las autoridades, cuando la evidencia está ahí, tanto de los daños como de las políticas para evitarlos.
Agradezco la colaboración de los maestros Luis Alonso Robledo y Norberto Hernández de la Red de Acción Sobre Alcohol.
Fecha de publicación:
1 de septiembre de 2026, 10:43
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