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5/18/2026
 Luis Felipe Pérez

Enterrar Dinosaurios de Lilia Ávalos: ser parte del sistema

Lilia Ávalos es una narradora de la sensibilidad femenina. Lo que dice Vivian Gornick a propósito del desarrollo de la...

Fecha de publicación:
17 de mayo de 2026, 00:01

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    Lilia Ávalos es una narradora de la sensibilidad femenina. Lo que dice Vivian Gornick a propósito del desarrollo de la sensibilidad femenina y la escritura actual es que es resultado de una tarea generacional que ha llevado tiempo. Se logra cuando uno puede observar cómo las escritoras “penetran su propia experiencia arriesgándose a la humillación emocional y la confrontación con miedos secretos, de saberes insoportables; la capacidad de una obra de poner en el centro lo femenino y lo que implica ser mujer empleado de manera efectiva para contar metafóricamente la vida”.1 

    La primera novela de Lilia Ávalos fue Aura Ayar. Mereció el Premio Dolores Castro, avisaba su parentesco con Andrea la protagonista de Nada, de Carmen Laforet, voz icónica -existencialista y fascinante, también telúrica- de la narrativa escrita por mujeres que sigue latiendo entre lectoras y lectoras que inician la cárcel que es la juventud, cuando comienza el viaje universitario de muchas y de muchos. La astucia de Lilia Ávalos fue optar por un escenario en el que la ciudad de la protagonista es San Luis Potosí y las circunstancias son las de la crisis económica en México de 1994, con las repercusiones que tuvo en familias mexicanas en los años subsecuentes. La conciencia de clase de la protagonista -que es motivo de reflexión dentro de la novela-, tanto como hacerlo desde el parque Tangamanga o los siete barrios, aportan a la literatura mexicana algo que luego se reclama a las novelas: salir de la Ciudad de México para mostrar derroteros de vidas y la educación sentimental de personajes “en otro lado” que no resulten remotos o maniqueos. Aura Ayar, a partir de la transición y el aprendizaje de una joven que cursa la universidad, forma parte de una serie de novelas escritas por mujeres en el México actual que auscultan el viaje narrado por protagonistas -pienso en Obra negra de Gilma Luque o en Dominio de Claudina Domingo- cuyos personajes son mujeres y relatan su tránsito por experiencias de crecimiento. En estas narraciones las protagonistas están atravesadas por la geopolítica y la conciencia de clase y giran en torno a la vulnerabilidad de ser mujeres en el inicio del siglo XXI. Ahí ubico Aura Ayar, que ya adelantaba el levantamiento del EZLN como tema de interés, la crisis del final del salinato y la efervescencia de aquello que se conoció como teología de la liberación -temas que también comparte con la obra de Luque o de Domingo-. 

    Enterrar Dinosaurios es la segunda novela de Lilia Ávalos. Publicada por la UNAM, fruto de la tutoría de narrativa que ofrece la propia universidad donde selecciona proyectos y los acompaña durante un año. En esta trama Lilia Ávalos medita frente a lo que significó para alguien de San Luis Potosí el mes de diciembre de 1994. 

    Jara Cisneros Álvarez es protagonista de una novela de misterio en la que, mediante el recuento autobiográfico de la juventud propia -transcurrida durante el periodo de la presidencia de Ernesto Zedillo-, es consciente de cómo la lucha por el poder y las corruptelas para obtenerlo ordenan la realidad.  

    Y, aunque ese paisaje de mediados de los noventa es central y relevante, la narración se aleja pronto de la idea de explorar una época buscando las respuestas sobre quién mató a Colosio o al cardenal Posadas Ocampo. En ese sentido, se trata de una novela de misterio, espionaje y complot en clave frente al mundo académico más que de una novela histórica.  

    Lo que había hecho Serna en El miedo a los animales para el mundillo literario o Álvaro Enrigue en La muerte de un instalador para la cofradía del arte contemporáneo, se reconoce en Enterrar dinosaurios al proponer una hilarante crítica al ecosistema sectario y jerárquico de la investigación académica y sus vínculos con los poderes.  

    La confesión de Jara Cisneros Álvarez quien redacta un discurso de toma de protesta como directora de un departamento en una Universidad del Bajío representa una taxonomía del que forman parte las claves de cursos, los números de empleado, los auditorios o salones y quién los ocupa; las direcciones de tesis, los ingresos al sistema de investigadores y ya no digamos las jefaturas de departamento de instituto o de facultad, que son un botín y el motivo de pugnas inverosímiles germinadas en orgullos heridos, nutridas por complejos de superioridad y de arribismos; un caldo de cultivo idóneo para envidias, manipulaciones y trastadas banales tanto como viles. A la hora de escribirlo o de pensar en qué se debe decir en una ceremonia de esta índole, intentando librarla protocolariamente, la puesta en abismo lleva a la narradora al territorio autobiográfico, secreto, íntimo, en donde el pasado es una falta. Ese espacio literario abre el boquete a la trama, un relato que escribe durante el insomnio de la noche anterior a la ceremonia de toma de posesión. Enterrar dinosaurios guarda relación con una idea de Gornick acerca de la naturaleza del viaje en las novelas desde los años setenta del siglo pasado hasta ahora, escritas por mujeres: “es el lento proceso de recordar y recobrar la experiencia original y de contemplarla repetidamente desde la perspectiva de la autoconciencia lo que permite la destrucción del viejo yo y la creación de uno nuevo. En realidad, es el proceso en sí, el trabajo terriblemente duro de vivir con una idea el tiempo suficiente para que se convierta poco a poco en la base de una nueva existencia mientras la antigua desaparece.”2  

     Lilia Ávalos ordena en 16 capítulos una serie de historias que se comunican con el presente de la protagonista. Lo primero que aparece es el traumático escenario que acongoja a la sobreviviente de un largo secuestro:  

    Ahí estaba, justo donde me prometí que no me permitiría llegar. Ese lugar que no sé dónde está, ni cómo es y del que no sabía cómo salir, esa parte del mundo que no sólo era mi secuestro ni mi tortura, sino la evidencia de que fallé en todo lo que me propuse. (p.11) 

    El episodio funge como una lección aprendida -a la mala- y promete el relato de cómo llegó hasta ahí: registros del CISEN, Recortes de noticias en el periódico o encuentros con personajes del pasado.  

    A la asepsia del laboratorio de antropología forense de una universidad del Bajío -en donde Jana Cisneros trabaja para fiscalías estatales en labores de identificación de cadáveres, autopsias e informes de causas de muerte-, se agregan la restitución -destilada por la memoria- de San Cristóbal de las Casas durante los últimos años de Samuel Ruiz como obispo y mediador en el conflicto armado entre el EZLN y el Gobierno Federal, tiempo de activismo casi misionero.  

    Ese ida y vuelta hacia 1994 también aporta pasajes del San Luis Potosí amargo que recuerda la protagonista: hipotecas impagables, peleas de sus padres y sus inicios en la politización truncados por la tragedia luego de un concierto fallido en medio de la protesta contra mineras canadienses en El cerro de San Pedro. Ese momento decisivo es el origen que conduce la novela de misterio en donde el recuerdo de un aparente suicidio atípico encarpetado por la fiscalía genera la suficiente suspicacia para que la investigadora Jana Cisneros Ávalos del presente intente elucidar una serie de elementos que dejaron incompleto el rompecabezas del pasado en el que la presencia antagónica del doctor Zamudio (menudito, moreno y de voz chillona) da los elementos suficientes a la hora de intentar atar los cabos sueltos de los misterios del pasado. 

    Enterrar dinosaurios es la metáfora útil de Lilia Ávalos para dimitir del pasado idealista -ingenuo- y temerario y, aceptar, con cierta tragedia lacónica de por medio, la conciencia de haber sido una pieza del ajedrez en el que cumple una función; que no mueve piezas, sino que juegan con ella. Jara Cisneros Álvarez, personaje y narradora, redacta un informe autobiográfico que la relaciona con el activismo -en su juventud- y el poder -pasados los cuarenta años-.  

    En lugar de su discurso de aceptación de jefatura se enfrenta, por medio de lo escrito, a una especie de anagnórisis y mea culpa que se sugiere en el tono de perplejidad ante el recuento. Acaso es la ganancia de la protagonista: aceptar -en secreto- la derrota; encajar -sin gestos- el cambio de planes del destino o de la vida: enterrar dinosaurios y jugar a la complicidad con el lector, pues es a quien le cuenta la verdadera historia, secreto que quedará sepultado por el discurso oficial.  

    En esta novela -que se debe borrar en la última página- se tiene un informe. Disecciona, en la trama, la cara cínica del activismo y la política, del espionaje y la secrecía a la hora de buscar justicia, que la incluye como víctima y victimario. Se sitúa, al final, en la atmósfera del mundo académico en donde cada cual busca mecer la cuna o ser parte de la prevaricación y el reparto de puestos, sea como sea. Es una novela que sugiere que la impunidad depende, en varios casos, de formar parte del sistema. 


    Fecha de publicación:
    17 de mayo de 2026, 00:01

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