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La bipolaridad de Trump: entre el TACO y la Doctrina Donroe

Una de las hipótesis preferidas por los medios sobre el mandatario norteamericano es aquella que apunta a la enfermedad mental como causa...

Fecha de publicación:
25 de mayo de 2026, 00:23

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    Una de las hipótesis preferidas por los medios sobre el mandatario norteamericano es aquella que apunta a la enfermedad mental como causa de sus acciones erráticas, beligerantes y cínicas, sin mencionar su abierto desprecio por la diplomacia y cualquier atisbo de corrección política. Demencia, narcisismo, incluso sociopatía, han sido mencionados como posibles diagnósticos, citando a menudo expresiones de egocentrismo, impulsividad, falta de empatía o publicaciones surrealistas, como aquella en la que aparece transfigurado en Jesús (!).

    Como psicólogo, soy reacio a ese tipo de interpretaciones —justamente psicologistas— que a menudo reducen fenómenos y procesos complejos a una variable meramente individual, sea cognitiva o afectiva. Sin embargo, en esta ocasión he de reconocer que encuentro síntomas de un verdadero trastorno; solo que no se trata de una afección clínica, sino propiamente psicopolítica.

    En efecto, la bipolaridad es hoy por hoy el signo más distintivo de la administración Trump. Quien normalmente actúa como bully, ofendiendo, amenazando, agrediendo, se le ve, por el contrario, muy mansito cuando se topa de frente con un poder que se le opone.

    En su visita a China, no solo no consiguió ningún acuerdo formal, sino que ha puesto en duda el apoyo incondicional de EE. UU. a Taiwán (línea roja trazada por Pekín), aunque ahora, de regreso a casa, esté planteando la posibilidad de hablar con su presidente. Me pregunto si se hubiera atrevido a decírselo en su cara a Xi Jinping.

    Lo mismo podemos decir de su guerra con Irán: después del artero y cobarde ataque contra el país persa, que incluyó la masacre de estudiantes de primaria y el asesinato del líder supremo Alí Jameneí, Trump esperaba un paseo por el parque. Sin embargo, se topó con un pueblo digno y un gobierno bien preparado para la guerra, empleando tácticas altamente eficientes, como el uso de drones de bajo costo y minas navales, y una estrategia geopolítica contundente al cerrar el estrecho de Ormuz. Entonces empezó a abrir la boca y postear compulsivamente: vino una oleada de ultimátums al régimen iraní, blofeando incluso con desaparecer su civilización, declaró en múltiples ocasiones que la guerra estaba a punto de terminar y se declaró vencedor otras tantas. En un principio, había afirmado que el objetivo de la guerra era forzar un cambio de régimen, pero a casi tres meses de iniciado el conflicto, Trump —aka la amenaza naranja— comienza a hacer propuestas de paz, por injustas e irracionales que sean.

    En Estados Unidos, tienen un acrónimo para describir este tipo de comportamiento diletante, tibio o simplemente cobarde del presidente, y no podía ser más apropiado: TACO (Trump Always Chickens Out). No obstante, cuando se trata de Latinoamérica, su actitud es radicalmente distinta. Ahora mismo, el portaaviones nuclear USS Nimitz y sus buques de guerra escolta acechan el Mar Caribe, amagando con atacar Cuba, como forma de presión contra la isla. Mientras se imputa a Raúl Castro con cargos de asesinato, conspiración y destrucción de aeronaves por el derribo de dos avionetas en 1996. Esto a pesar de que el mismo Trump afirma que no hace falta una escalada con Cuba, ya que el país se está derrumbando solo.

    Mi análisis es que el mandatario pretende redirigir toda su frustración por no poder doblegar a Irán contra el país comunista, a fin de cubrir su fracaso y sentirse hombre otra vez. China, Irán, Ucrania, son en este sentido asuntos absolutamente castrantes para su ego.

    Como todos los bravucones, le saca a los de su tamaño, pero se envalentona con los más pequeños. Fue lo que sucedió con el gobierno venezolano, al que sorprendió con una operación relámpago, secuestrando a Nicolás Maduro y sometiendo al nuevo gobierno de Delcy Rodríguez para que fuera funcional a sus intereses. Esto no solo cumplió objetivos estratégicos, sino que le dio credibilidad al gobierno republicano como competente, capaz de resolver conflictos añejos de manera rápida y limpia. Ahora que Trump se encuentra empantanado en tantos frentes, es lógico que se repliegue a su área de influencia natural.

    Es la nueva Doctrina “Donroe” que pretende reinstaurar la hegemonía de los Estados Unidos a lo largo y ancho del continente americano como su espacio vital, alineando al conjunto de gobiernos por las buenas o por las malas, particularmente a aquellos que se le oponen. En esta empresa, la coacción y la fuerza bruta son vistas, no como el recurso final, sino como la forma natural de relaciones entre los estados, olvidándose del soft power y la diplomacia, ni qué decir del derecho internacional. Es la encarnación de la llamada power politics.

    Y no es solo contra los gobiernos latinoamericanos de izquierda, socialistas o antiimperialistas, sino contra la comunidad latina en su conjunto. Justo acaba de firmar una orden ejecutiva instruyendo al Departamento del Tesoro a reforzar los controles sobre las operaciones financieras ligadas a migrantes indocumentados, con el pretexto de combatir la defraudación y el lavado de dinero. Su verdadero objetivo, claro está, no es otro sino asfixiar la economía de los latinoamericanos radicados en el país, complicando el envío de remesas en el proceso. Lo irónico del caso, por decir lo menos, es que él mismo está siendo señalado precisamente por manipular los mercados, aprovechándose de su posición para enriquecerse a través de la bolsa.

    La bipolaridad de Trump, entre el TACO y la Doctrina Donroe, ha derivado en resultados inconsistentes y una imagen diluida que al final se manifiesta en una caída gradual, pero sostenida, de su popularidad. Las últimas encuestas le dan alrededor de 36% de aprobación a 6 meses de las elecciones intermedias. El descontento por la corrupción del presidente, los precios del combustible y el impasse de la guerra con Irán prometen pasar factura a los republicanos.

    Puede que la salud mental del mandatario sea preocupante, y sus acciones podrían bien responder a un estado maniaco-depresivo, pero antes de someterlo al Test de Rorschach hay que hacer un diagnóstico propiamente psicopolítico y sopesar hasta qué punto su comportamiento responde más bien a la correlación de fuerzas y la necesidad de legitimar una narrativa supremacista allí donde todavía es factible.

    Entre lo patético y lo execrable, el TACO y la Doctrina Donroe son dos caras de la misma moneda, dos facetas del mismo personaje —como Dr. Jekyll y Mr. Hyde— que en este caso resultan igual de nefastas.

    Fecha de publicación:
    25 de mayo de 2026, 00:23

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