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1/20/2026
Metabolizar la rabia, vivir el colapso

Metabolizar la rabia, vivir el colapso

El colapso de las y los olvidados de la civilización tiene rostro de clase baja, piel de barro, lengua vernácula y sexo femenino

Fecha de publicación:
3 de septiembre de 2019, 04:05

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    La turbulencia de nuestro tiempo no es quizás más terrible que la de otros. Pensar en un futuro colapso del mundo como lo conocemos no es sólo una postura condescendiente, sino poco correspondiente con la cotidianidad de nuestros actos y nuestras vivencias. ¿Qué implica pensar en un colapso futuro que, por diversas razones, se pinta lejos en el horizonte cada vez que se plantea? Lo que sostengo entre estas líneas es que diseñar el colapso en el futuro implica negar el colapso del presente, y aun los del pasado que llevan tiempo en marcha hacia adelante.

    Así lo constatan las múltiples predicciones sobre la crisis del sistema-mundo en tiempos venideros que se asoman polifónicamente a través de los medios masivos. De todos lados vienen los diagnósticos y las prospectivas. Así se anuncie a diez, treinta o cincuenta años, predecir un derrumbe ulterior de las sociedades, ya sea por el fin de los hidrocarburos, el abatimiento de las fuentes de agua potable, un colapso del sistema financiero, la hambruna, las epidemias o por guerras al interior de los Estados modernos o entre ellos; ya sea por religión, territorio, recursos o negocios; declarar el-fin-del-mundo-por-venir es ignorar el-fin-del-mundo-en-curso.

    Fuera de romanticismos tontorrones, lo que nos toca es poner las etiquetas precisas a los fenómenos presentes. Así nos atrevemos a pensar que lo que se alcanza a iluminar en los días que corren es que, así como en colapsos pasados, el mundo de ahora se desdibuja conforme cambian los minutos, pero también, y con más razón, conforme cambian las voces. ¿Qué es el colapso? –Pregunta un científico que sabe que en pocos años, meses o días habrá inflaciones disparadas sobre los bienes de consumo básico. Como respuesta dice que se avecina un gran desabasto de alimentos y de otros bienes primarios que nutren a las industrias, como resultado de la crisis de los ecosistemas globales, de la desertificación de los suelos o del fin del petróleo.

    Si le preguntaran a un migrante centroamericano o norafricano, a una madre con una hija víctima del feminicidio, o a los padres de un desaparecido, el colapso no pertenece al futuro perfecto del indicativo, como un “llegará” o “habrá”, sino que este corre como la sangre de los cientos de miles de muertos que dan titulares a las grandes firmas noticiosas y que alimentan los reportajes televisivos de las 8:00 am para que tuiteros de élite cobren sus cheques.

    Foto: CC _antoine_ (Flickr)
    Foto: CC _antoine_ (Flickr)

    ¿Qué es el colapso? –Pregunta un hermano de los 43 normalistas, los despojados de sus territorios o los pobres en las periferias de una ciudad latinoamericana prototipo. Como respuesta dice que no es lo que el sesudo académico se atrevió a decir o lo que el lector de El Financiero Bloomberg deduce a partir de la caída del PIB el trimestre pasado.

    El colapso para las víctimas del desarrollo –para tomar prestada una expresión del psicólogo político Ashis Nandy– no es el que motiva a las clases medias y altas a migrar a Norteamérica o a Europa. El colapso de las y los olvidados de la civilización tiene rostro de clase baja, piel de barro, lengua vernácula y sexo femenino. Tiene aspecto de frontera natural desplazada por el crecimiento urbano. Tiene, por buen seguro, aspecto de tasa decreciente de biodiversidad marítima y terrestre desde mediados del siglo XX, como también lo tiene de náufrago del Open Arms por migración forzada.

    Cuando los organismos internacionales, los gobiernos del norte global o los político-empresarios de un país del Sur se paran frente a una rueda de prensa a revelar los últimos datos del derretimiento del hielo en Groenlandia o de los incendios repartidos por Siberia, África o la Amazonía; cuando a ellos les pisa los talones el derrumbe del sistema, a las víctimas históricas del sur global no hay mucho nuevo que decirles.

    Para una política de a pie en torno a los múltiples colapsos que inundan los diarios, no nos queda más que organizar la rabia del presente metabolizándola a partir de la experiencia del pasado. La etiqueta precisa de “colapso” no es sólo la que se puede rotular en un mañana ciertamente poco prometedor, sino la que se le puede poner a una serie de presentes que carecen del privilegio que implica poder preocuparse por el futuro. Dicho de otra forma: sólo quienes viven fuera del colapso del presente tienen tiempo, energía y alimento en el estómago como para preocuparse por el derrumbe del futuro.

    Didácticamente se puede decir que mientras en las democracias del Norte, como en la italiana, se preocupan de por qué sus gobiernos cambian de mandatarios cada año, abajo del Trópico de Cáncer, como en América Latina, nos acecha siempre la permanencia de gobiernos progresistas o de ultraderecha que le rinden culto a la misma clase; que en la práctica no importa realmente su afiliación ideológica ni a quiénes representan, sino que se representan a ellos mismos.

    Así puestas las cosas, metabolizar la rabia del colapso pasa por asumir que las preocupaciones del mal llamado mundo subdesarrollado, territorios coloniales donde habitamos, no son ni serán las preocupaciones de lo que sucede en el radio de los grandes centros financieros de las World Richest Cities, ni las de un influencer ultramarino que perdió seguidores por romper las reglas del veganismo. Acá el colapso lo viven las niñas y mujeres al interior de sus habitaciones, los adultos en un futuro sin pensiones y los trabajadores sobre los lujosos desperdicios de los ricos.

    Fecha de publicación:
    3 de septiembre de 2019, 04:05

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