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Nepal y los sacerdotes del negacionismo: cuando la ignorancia adquiere poder
Líderes políticos convierten el negacionismo climático en política pública, priorizando intereses económicos e ideologías sobre la física y la evidencia científica.
Fecha de publicación:
31 de agosto de 2026, 09:55
El Leviatán necesita sacerdotes. Necesita personas dispuestas a decirnos que el monstruo no existe. Y cuando esas personas ocupan presidencias, ministerios, parlamentos o espacios capaces de influir sobre millones de seres humanos, el negacionismo deja de ser una simple estupidez pronunciada alrededor de una mesa. Se convierte en política pública. Ahí encontramos a Donald Trump y otros personajes.
Trump y otros han convertido repetidamente la cuestión climática en terreno para la burla, la minimización o el rechazo de políticas destinadas a combatir el calentamiento global. Su administración volvió a impulsar los combustibles fósiles, cuestionó regulaciones ambientales y retiró nuevamente a Estados Unidos del Acuerdo de París. No estamos hablando de las opiniones privadas de un individuo cualquiera: hablamos de decisiones tomadas desde la presidencia de una de las economías más poderosas y uno de los mayores emisores históricos del planeta.
Ésa es la diferencia fundamental. Un hombre sentado en una cantina puede decir que el calentamiento global es un invento y su ignorancia probablemente morirá en aquella mesa.
Cuando lo dice un presidente, la ignorancia puede transformarse en toneladas adicionales de carbono.
Y después está Javier Milei. Milei ha calificado el cambio climático de “mentira socialista” y lo ha vinculado con posiciones ideológicas que atribuyen la agenda ambiental a proyectos colectivistas. El procedimiento resulta conocido: cuando la evidencia científica incomoda a determinada concepción económica, no se modifica la concepción económica.
Se acusa a la ciencia de tener ideología. Es una maniobra extraordinariamente conveniente. Si los científicos advierten que existen límites ambientales al crecimiento, entonces —según esta lógica— el problema no es el crecimiento. Son los científicos.
Si se demuestra que determinadas actividades económicas generan enormes costos ambientales, el problema no es la actividad económica. Son los ambientalistas.
Si la evidencia exige regulación, entonces el problema no es aquello que necesita regularse. El problema es el Estado que pretende regularlo.
Así funciona el dogma. Primero se decide que el mercado debe tener razón. Después se acomoda la realidad para que no lo contradiga.
Pero la atmósfera posee una característica particularmente desagradable para los ideólogos: no vota. No es socialista. No es liberal. No es conservadora. No es marxista. No es libertaria.
Una molécula de dióxido de carbono jamás ha leído El capital, Leviatán ni La riqueza de las naciones.
La física no modifica sus resultados porque un presidente considere inconvenientes sus conclusiones. Y ahí reside la estupidez profunda del negacionismo climático: no en que Trump, Milei o cualquier otro dirigente tengan derecho a sostener determinada ideología económica. Lo tienen.
La estupidez consiste en imaginar que la naturaleza tiene obligación de respetarla. El negacionismo no es patrimonio de un solo hombre, Trump y Milei son ejemplos particularmente visibles, pero convertir el problema exclusivamente en esos dos nombres sería conceder demasiada importancia a los individuos y demasiado poca a la estructura.
Si mañana desaparecieran políticamente ambos, el Leviatán continuaría respirando. Porque detrás del negacionismo existe algo más poderoso que un presidente: existen intereses.
Gobiernos dependientes de los combustibles fósiles. Corporaciones cuyos activos dependen de que petróleo, carbón y gas continúen explotándose.
Grupos políticos que han convertido cualquier regulación ambiental en una supuesta agresión contra la libertad.
Comunicadores que presentan el consenso científico como si fuera una discusión equilibrada entre dos opiniones equivalentes. Influencers que confunden una nevada con la refutación de décadas de climatología. Y millones de personas para quienes resulta psicológicamente más cómodo creer que nada grave está ocurriendo.
El negacionismo climático posee muchas caras.
Está el negacionista absoluto:
“El calentamiento global no existe”.
Está el negacionista causal:
“Existe, pero nosotros no tenemos nada que ver”.
Está el negacionista tranquilizador:
“Existe, pero no será tan grave”.
Y finalmente aparece quizá el más peligroso:
“Sí existe, sí es provocado fundamentalmente por actividades humanas y sí será grave, pero hacer algo resultaría demasiado caro”.
Éste ya no niega la ciencia. Niega la obligación de actuar.
Y para los muertos el resultado termina siendo exactamente el mismo: Trump, Milei y el absurdo de discutir con un termómetro.
Hay algo casi grotesco en observar a dirigentes políticos enfrentarse discursivamente con fenómenos físicos.
Pueden insultar a un adversario. Pueden despedir a un funcionario. Pueden modificar una ley. Pueden eliminar un organismo. Pueden retirar a un país de un acuerdo internacional.
Lo que no pueden hacer es firmar un decreto ordenando a la atmósfera que deje de retener calor.
Trump puede llamar exagerados a quienes alertan sobre el calentamiento. Milei puede atribuir el ambientalismo al socialismo. Otros gobernantes pueden minimizar las advertencias. Pero después llega la temperatura. Llega la sequía. Llega el incendio. Llega la inundación. Retrocede el hielo. Cambian los ecosistemas.
Y entonces queda demostrada una diferencia elemental entre propaganda y realidad:
La propaganda necesita que alguien la crea. La física no.
Existe además una perversión extraordinaria de la palabra libertad.
¿Libertad de quién? ¿De la empresa para contaminar? ¿Del accionista para obtener dividendos? ¿De una industria para transferir sus costos ambientales al resto de la sociedad?
Porque entonces debemos preguntar por otra libertad. La libertad del campesino para continuar cultivando su tierra. La libertad de una familia para permanecer en el lugar donde nació. La libertad de una comunidad para disponer de agua. La libertad de nuestros hijos y nietos para recibir un planeta habitable.
Cuando la libertad económica de unos destruye las condiciones materiales de existencia de otros, deja de ser solamente libertad. Se convierte en poder.
Y aquí Hobbes vuelve a entrar brutalmente en escena.
Precisamente para eso debía existir el Leviatán: para impedir que el poder de uno destruyera la seguridad de los demás.
Pero nuestro Leviatán contemporáneo ha invertido la ecuación.
Protege la libertad del capital para expandirse y después pide a las víctimas que aprendan a ser “resilientes”.
Qué palabra tan cómoda. Destruimos las condiciones ambientales de una comunidad y después organizamos un seminario para enseñarle resiliencia.
Y como obscenidad final, Imaginemos por un instante a una familia de Nepal observando cómo desaparece su casa. Imaginemos a alguien buscando entre piedras a su hijo. Imaginemos a una mujer esperando noticias de su marido.
Después expliquémosles que reducir determinadas actividades contaminantes podía afectar el crecimiento económico. Digámosles que había que proteger la competitividad. Expliquémosles que algunos políticos consideraban exageradas las advertencias climáticas. Digámosles que Trump tenía otros intereses económicos. Que Milei pensaba que todo aquello olía demasiado a socialismo. Que algún comentarista de televisión aseguró que el clima siempre había cambiado.
Quizá entonces comprendamos la dimensión obscena del asunto. Porque las discusiones ideológicas ocurren arriba.
Y las consecuencias caen abajo, y casi siempre caen sobre alguien que jamás fue invitado a participar en la discusión.
Por eso sería un error considerar a los negacionistas simples payasos. Un payaso provoca risa.
Un gobernante negacionista toma decisiones. No es bufón: tiene poder y lo ostenta.
Firma decretos. Modifica presupuestos. Nombra funcionarios. Desmantela políticas. Autoriza explotaciones. Debilita regulaciones. Influye sobre millones de personas. Y puede retrasar durante años acciones que la evidencia científica considera necesarias.
Trump no importa solamente por lo que dice. Importa por el poder que posee para convertir sus palabras en decisiones.
Milei no importa solamente porque pueda considerar el cambio climático una construcción ideológica. Importa porque gobierna un Estado.
Ésa es la frontera entre la estupidez privada y la irresponsabilidad histórica.
Y entonces, la estupidez con poder ya no es cómica. Puede convertirse en política.
Y una política equivocada aplicada durante suficientes años puede terminar convertida en toneladas de emisiones, ecosistemas degradados, desplazamientos humanos y muertos.
El planeta no necesita creer en nosotros. Ésta quizá sea la ironía definitiva. Durante años los negacionistas han preguntado:
“¿Usted cree en el cambio climático?” La pregunta misma es absurda. Yo puedo creer en una deidad.
Puedo creer en el comunismo. Puedo creer en el capitalismo. Puedo creer en la democracia. Puedo creer que los Rolling Stones son mejores que los Who. Esas afirmaciones pertenecen al territorio de la fe, la ideología, la política o el gusto.
El cambio climático no. No necesita creyentes. Necesita mediciones. La temperatura puede medirse.
La concentración atmosférica de dióxido de carbono puede medirse. La extensión de los glaciares puede medirse. El nivel del mar puede medirse.
Por eso preguntar si alguien “cree” en el cambio climático tiene aproximadamente el mismo sentido que preguntarle: “¿Usted cree en la gravedad?”
Trump puede no creer. Milei puede llamarlo socialismo. Otros pueden llamarlo conspiración. El Leviatán puede contratar comunicadores para explicarnos que todo está bajo control.
No importa. La montaña continuará obedeciendo a la gravedad. El hielo continuará respondiendo a la temperatura. La atmósfera continuará obedeciendo a la física. Y mientras nuestros dirigentes discuten si la realidad coincide adecuadamente con su ideología, la realidad seguirá ocurriendo.
Ése es el problema del negacionismo climático. No que sea simplemente estúpido. Es que puede ser una estupidez con poder.
Y pocas cosas en la historia han resultado tan peligrosas como un hombre poderoso convencido de que la realidad tiene la obligación de obedecer sus creencias.
Luis Humberto Carlín Vargas
“Lo que escribo tiene la intención de provocar reflexión;
no lo hago para agradar y mucho menos para dogmatizar”
Fecha de publicación:
31 de agosto de 2026, 09:55
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