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Novelas de crecimiento escritas en Guanajuato: El brillo intermitente de Ana Reza
Yo soy Ana Reza fue el primer libro de la autora guanajuatense Ana Reza. Se trata de una serie de viñetas en los que la prosa merodea...
Fecha de publicación:
12 de mayo de 2026, 08:44
Yo soy Ana Reza fue el primer libro de la autora guanajuatense Ana Reza. Se trata de una serie de viñetas en los que la prosa merodea la explicación de lo cotidiano con un gesto de extrañamiento. Esa peculiaridad aparece y se expresa en los textos reunidos por Los Otros Libros. Yo soy Ana Reza es aforismo, relato breve y lance lírico.
En ese libro ya mostraba inclinación por lo fragmentario. La mirada envenenada -impresionista al más puro estilo de Degás, Cezanne o de Monet- se puede notar como mecanismo de composición: delineaba bordes hasta desmoronar el retrato de las cosas diluyendo el cuadro en una serie de manchas o puntos vistos como con dioptrías.
No se había convertido la forma de la mirada en el objeto de estudio; era una forma de operar. Aún no asumía la cualidad de la perspectiva -miope y patógena, sin gafas- como un modo de ver singular y artístico; no se daba cuenta de que era motivo de la escritura, un motivo singular. Es decir, la autora se sabía singular, pero no había estirado el arco de una flecha que la coloca en un espacio que se puede denominar de chica rara, aludo a Carmen Martín Gaite.
A finales de 2025 aparece el segundo libro de Ana Reza en Sauvage Atelier, una editorial que tiene su origen en León, Guanajuato. Su catálogo, casi 30 títulos, alberga algunos campanazos que han generado interés en el medio cultural como El Crítico sin estatua de Cristopher Domínguez Michael, El pensamiento del poema de Mario Montalbetti o la traducción hecha por Daniel Rojas Pachas de poemas del médico Gottfried Benn contenidos en Morgue y otros poemas.
En términos conceptuales El Brillo intermitente, la novela de Ana Reza, es la conciencia de ese estar en el mundo con una discapacidad adquirida y lo que sugiere como acontecimiento en una vida a la que atraviesa la ceguera casi total en un ojo en alguien que se dedica a editar libros. La misma narradora escribe: “la subjetividad y el punto de vista tiene un principio fisiológico antes que psíquico, dice Mercedes Halfon”. (p. 57). Dispuesta en tres capítulos: “El gusano amarillo”, “El reino de los ciegos” y “El brillo intermitente” pisa el territorio del coming of age. Caracteriza a su personaje en el tránsito entre una operación del ojo y medita acerca de la mirada y su centralidad en una sociedad como ésta desde la circunstancia personal: el rompimiento del sentido común que altera todo.
Es el relato de una mujer joven que aprende a vivir con una discapacidad visual. Esa mujer también tiene interés por la sociología y por el mundo artístico, el de la danza. Específicamente estudia un grupo de danza formado por discapacitados visuales. El tramo de la novela que protagonizan Laura, una veracruzana débil visual que tiene por objetivo ser independiente en la Ciudad de México, y la propia Ana, que busca entender su situación y lograr, también, esa condición de mujer autónoma en sus circunstancias, hace pensar en las páginas de Lectura Fácil de Cristina Morales. Redondea el armado de la historia la situación familiar atravesada por las condiciones familiares que se han visto trastocadas -entre otras cosas- por la discapacidad visual de Ana, la narradora.
El brillo intermitente se trata del acomodo intelectual, físico y espiritual de quien tiene un diamante en el centro de la pupila, afirma César Tejeda. El afilado tino de la escritora se vale del cauce de la escritura para entender lo que pasa, la escritura como un cuchillo, diría Ernaux; un ejercicio de la inteligencia, diría Didion.
Preserva a lo largo de los capítulos una escritura aséptica que se mueve entre la sala de operaciones del hospital oftalmológico y la intención del estudio sociológico que exige objetividad. Desliza pasajes de la ciudad de México y de Guanajuato a través de su propia mirada, una perspectiva impresionista, envenenada, descompuesta: “una vez que consigo tomar el autobús correcto y después subirme al metro en la dirección necesaria, puedo relajarme y disfrutar del espectáculo de luces y colores, de las grandes manchas compuestas por otras más pequeñas que flotan en el aire o emergen de un suelo incierto” (p. 75)
Así, la voz se presenta como una atmósfera. No solo redunda en una tramoya sino en algo que atraviesa al personaje y a la mirada de tal forma que la caracterización -eficaz- se vuelve un método de entendimiento. Instala la perspectiva de una tesista, ciega de un ojo, y con ello el artificio pone al lector en un lugar privilegiado de la investigación. El relato también tiene pasajes de alguien ensayando ideas.
Veo mérito justamente en operar a través de un lenguaje aparentemente objetivo y técnico, observante, para plantear situaciones y provocar la verosimilitud de los hechos. Destaca la plena conciencia de Reza para generar, con lenguaje, un escenario donde la prosa es desafectada, analítica, de tono calculado para eludir al melodrama y el miserabilismo, la autocompasión.
Hay que subrayar el tono neutro que ha elaborado Reza en la novela. Lo menciono porque la tentación de la opereta estaba ahí. La latencia de un Do de pecho trágico para una joven que apenas comienza la vida y ya ha perdido sus posibilidades es gran material para una novela que llevaría la historia a lo borrascoso de una vida truncada antes de ser.
El brillo intermitente se inscribe, a mi ver, en una tradición guanajuatense que medita frente qué es esto de crecer. A la par de El brillo intermitente habrían aparecido Cuando pase el temblor de Ringo Yáñez, en Ediciones la Rana (cuando la editorial estatal publicaba libros) y Horas en la sala de emergencia de Gustavo Patlán, originario de Celaya, que recogió recientemente el Premio Cristina Pacheco de Crónica en la Universidad Veracruzana; podrían incluirse en este mapa los relatos de Francisco Andrade de Cuentos para romper Espejos Vol. II editado por Ediciones Periféricas. En estas muestras de literatura de Guanajuato veo un tono medido, dotado de una distancia a veces mordaz, de quienes asumen lo irreversible como material para contar. Hallan en la vida el motivo que justifica una vocación por la escritura, como concluye Ana Reza en las páginas finales de El brillo intermitente: “Empecé a escribir esta historia motivada por la necesidad de contarla, pero de contármela a mí misma más que a cualquier otra persona, de acomodar los hechos y darles interpretación al narrarlos, de tener la oportunidad, en ocasiones, para reescribirlos con un tono diferente, quizá más adecuado a las circunstancias” (p. 121)
El descubrimiento de una vocación por la escritura sitúa a la novela como un texto de formación, un asunto teórico que merece análisis actuales; ya no es solo la crisis existencial de los personajes como Demian -por mencionar un clásico de la bildungsroman- la que interesa. El juego de circunstancias materiales se ha integrado al análisis de los textos de formación o de crecimiento.
Me da la impresión, en ese sentido, de que las escritoras como Ana Reza edifican un mapa que renueva la experiencia y la hace más afín a las preguntas actuales sobre qué es ser mujer joven en México; qué es ser una mujer singular, un asunto que le interesa a Vivian Gornick, por ejemplo, que tiene claro que la sensibilidad femenina se constituye de todas las obras de escritoras que se entregan a un ejercicio de autoconciencia, que arriesgan con una escritura peligrosa como una apuesta existencial y estética.
Fecha de publicación:
12 de mayo de 2026, 08:44
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