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1/20/2026
ONU, GEO-6 y ecología de la supervivencia

ONU, GEO-6 y ecología de la supervivencia

Aquí le llamamos ecología de la supervivencia, puesto que no sólo tendremos que aprender de nuestros errores a punta de catástrofes, sino a propósito de la necesidad de sobrevivir

Fecha de publicación:
9 de julio de 2019, 04:47

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    El planeta está muriendo. Pero esta vez no es producto de una muerte asistida, sino de una inducción al suicidio. Aunque científicamente el planeta comenzó a morir desde su nacimiento, la Tierra ha vivido distintos momentos a lo largo de su existencia de casi 5,000 millones de años; eso que los geólogos clasifican en eras, periodos y épocas. Nosotros, pues, vivimos en la época llamada Antropoceno o, bien, en el fin del Holoceno. Como quiera que deseé entenderse, y aun con amplios debates de por medio, los acuerdos entre la comunidad científica dicen que la época en la que vivimos es una muy distinta a otras. Y una cosa la hace diferente: el impacto de la actividad humana sobre la Tierra, que ha modificado su composición acelerando y alterando los ciclos naturales de nacimiento, reproducción y muerte de los ecosistemas y especies que la habitan, así como de renovación o recarga de bienes naturales como agua, suelos y aire.

    El Antropoceno podría ser la época más corta de la Tierra, que culminaría con nuestra extinción y con la de las especies de microorganismos, hongos, animales y vegetales que la habitan. La tasa actual de extinción de especies oscila entre las 50 y 300 diarias, y entre 4,000 y 90,000 al año

    [1]
    . Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (2018) (WWF por sus siglas en inglés), “el último índice muestra una disminución general, entre 1970 y 2014, del 60 por ciento en los tamaños de las poblaciones”
    [2]
    . El problema es que la pérdida de la biodiversidad del planeta, ya sea de especies o de ecosistemas, pone en riesgo la continuidad de la civilización y del planeta como lo conocemos. La alimentación, la salud, el clima, la disponibilidad de oxígeno, el acceso a agua potable, la temperatura, los fenómenos naturales: todo se altera al perderse biodiversidad. Otro tanto sucede cuando, como resultado de nuestro modelo de desarrollo, se ejerce presión sobre los suelos, el agua dulce, los océanos y el aire, contaminándolos o sobreexplotándolos.

    En el último informe de la ONU Medio Ambiente en marzo de 2019, llamado 6.º reporte Perspectivas del Medio Ambiente Mundial (GEO-6 en inglés), la organización declara por medio de un comunicado de prensa que, “en la actualidad, el mundo no está en camino de cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 o 2050”, estando también muy lejos de poder llevar a buen puerto los Acuerdos de París para mitigar el cambio climático. Las ideas centrales del comunicado de prensa son: 1) la resistencia a antibióticos será una de las principales causas de muerte en 2050 como consecuencia de la contaminación del agua, 2) el mundo tiene la ciencia, la tecnología y las finanzas necesarias para reducir los riesgos y 3) si se destina el 2% del PIB a “inversiones verdes” se reduce el impacto climático y la pérdida de ecosistemas, al tiempo que se sostiene el crecimiento económico proyectado

    [3]
    .

    El GEO-6, entonces, no sólo no cuestiona el modelo de crecimiento, sino que lo fomenta y lo justifica diciendo que “la globalización ha sido un tendencia general por muchas décadas, y sus posibles efectos ambientales han ocupado el centro de amplias investigaciones. Sin embargo, la relación entre el desarrollo económico y el medio ambiente es muy compleja y difícil de resumir”

    [4]
    .

    Tal parece que el mensaje del GEO-6, que ha ocupado lugar en algunos medios y ha motivado llamamientos a la acción por parte de celebridades y followers que apenas se enteran de la crisis medioambiental, no conlleva un mensaje distinto a otros en el pasado. El GEO-6 no nos dice nada nuevo. O sí: reafirma la postura de las Naciones Unidas a favor del crecimiento a ultranza –como ya sabemos– pintado de verde.

    El hecho es que en esta historia, las pérdidas, como los privilegios, son distintos en cada caso. Los pobres tienden a sufrir más las consecuencias de los daños infligidos al medio ambiente, aunque incidan menos en su degradación. Como diría Carlos Taibo, para algunos el colapso no está por venir en un arbitrario 2030 o 2050, sino que han vivido en él por un tiempo considerable

    [5]
    . Los pobres tienen y tendrán menos posibilidades de afrontar la irreversibilidad del cambio climático, del agotamiento de los recursos naturales y de la extinción de biodiversidad. El dinero, entonces, es necesario no sólo para devastar al medio ambiente, sino para sobrevivir a las consecuencias de su deterioro. De ahí que las Naciones Unidas promuevan las “inversiones verdes”. He aquí, pues, la paradoja del Antropoceno, en la que no todos lo seres humanos cargan el mismo grado de culpa en la destrucción del medio ambiente (aunque todos la carguemos en los hombros), pero aun así no podemos nombrarle de otro modo porque comprometería a unos cuantos, y eso sería “políticamente incorrecto y polarizante”.

    El economista y decrecentista Serge Latouche declaró en 2003 que la única manera de no repetir en el presente y el futuro los errores hasta ahora cometidos, sería por una forma particular de aprendizaje que él llamó “pedagogía de las catástrofes”, esto es: solo aprenderemos a cambiar los modos de impactar sobre el medio ambiente sufriendo las consecuencias de nuestra actividad

    [6]
    . A estas alturas, y en vista de una ausencia de cambio de ruta por parte de uno de los organismos articuladores de los gobiernos del mundo, nacionales y locales, es pertinente decir que no sólo tendremos que aprender de nuestros errores a punta de catástrofes, sino a propósito de la necesidad de sobrevivir. Aquí le llamaremos ecología de la supervivencia.

    Una ecología de la supervivencia tendría que pasar, ciertamente, por un cambio muy significativo en las formas en las que producimos y consumimos desde lo local, evitando los grandes circuitos económicos, así como reduciendo al máximo la obsolescencia programada de los bienes generados. Pero esta ecología, principalmente, haría las veces de cerrar filas frente a la devastación ambiental y la explotación de otros pueblos y culturas, alentando nuevas formas de comunidad donde no las hay. La vieja máxima marxiana “el capitalismo viene al mundo chorreando sangre y lodo”, guste o no, no pierde vigencia. Para alimentar una ecología de la supervivencia hay que seguir nutriendo una urgente política de la resistencia contra los efectos devastadores del capitalismo y sus proyectos de inversión, no esperando, en efecto, sobrevivir, sino amortiguar la caída.

    Un primer paso: vincularse con las luchas locales

    En la ciudad de León, Guanajuato –como en cientos de experiencias a lo largo y ancho de nuestro país–, la Plataforma Salvemos el Humedal los Cárcamos libra una lucha contra el City Center, “un proyecto múltiple o de usos mixtos valuado en más de 400 millones de dólares que incluye hoteles, centro comercial, oficinas y torre de departamentos, perteneciente a la empresa México Retail Properties”

    [7]
    . El City Center, como ha sido ampliamente documentado por la plataforma, pone en riesgo la pervivencia del humedal del Parque Los Cárcamos; un lugar de enorme relevancia ambiental y social para la ciudad, no sólo al día de hoy, sino como futuro aliciente para contrarrestar la crisis ecológica.

    Si deseamos encontrar una suerte de analgésico que aligere el sufrimiento, es necesario desacelerar el origen de la devastación del medio ambiente. Los organismos internacionales y los gobiernos en todos los niveles insisten en desconocer que en el origen del colapso ambiental se encuentra un modelo particular de desarrollo. Nosotros debemos llamarlo por su nombre: capitalismo. Un capitalismo que muta –como han denunciado las y los zapatistas– al que si le cortas una cabeza, le crecen dos. Este capitalismo produce hidrocarburos, nuevos modelos de celulares, carne en brutales cantidades, aceite de palma, energías verdes, centros comerciales y maíz transgénico, lo mismo que simpatías empaquetadas, automotivación empresarial y fracasos autorreferidos. Una ecología de la supervivencia se articula con las luchas locales para restringir el radio de explotación de los bienes naturales que son ecológica y socialmente significativos, y hacia allá hay que seguir caminando.

    Referencias

    [1] Oberhuber, T. (2010). La biodiversidad es vida. En T. Oberhuber, P. L. Lomas, G. Duch y M. González. El papel de la biodiversidad. Dossier. Madrid: FUHEM/Centro de Investigación para la Paz. Tomado de este enlace

    [2] WWF. (2018). Informe Planeta Vivo-2018: Apuntando más alto. (M. Grooten & R. E. A. Almond, Eds.). Suiza: ZSL/WWF.

    [3] ONU Medio Ambiente. (13 de marzo de 2019). La salud humana enfrenta graves amenazas si no se toman medidas urgentes en favor del medio ambiente. Comunicado de prensa

    [4] ONU Medio Ambiente. (2019). Global Environment Outlook Geo-6. Healthy Planet, Healthy People. Nairobi: Cambridge University Press.

    [5] Taibo, C. (2017). Colapso: Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo. Argentina: Libros de Anarres.

    [6] Latouche, S. (Noviembre 2003). Por una sociedad de decrecimiento. Le Monde Diplomatique.

    [7] Plataforma Salvemos el Humedal Los Cárcamos. (5 de julio de 2019). City Center: Ecocidio de “usos mixtos”. Enlace

    Fecha de publicación:
    9 de julio de 2019, 04:47

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