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4/9/2026
Un día más de vida

Un día más de vida

No solo se trata de empleados más felices, descansados y productivos; los principales beneficios son los que tienen lugar en la vida personal

Fecha de publicación:
31 de octubre de 2024, 21:43

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    ¿Por qué tanto alboroto por 8 horas? Después de todo, el día tiene 24 y la semana 168. ¿Qué tanto podría importar? Razonando así, uno podría pensar que no hace realmente ninguna diferencia, y sin embargo, estamos ante uno de los hitos del desarrollo más importantes de nuestro país.

    Desde que el activista galés Robert Owen dividiera el día en tres periodos esenciales: 8 horas de trabajo, 8 de recreo y 8 de descanso, la lucha por una jornada laboral justa creció por todo el mundo de la mano de diferentes sindicatos, pero fue en Estados Unidos, el primero de mayo de 1886, que estalló el movimiento obrero más importante al respecto, incluyendo la huelga de Haymarket que terminó en masacre. En México, la Constitución de 1917 es la que vino a consagrar la jornada máxima de 8 horas diarias de trabajo con 1 día de descanso por cada 6 laborados en su artículo 123, fruto del movimiento obrero-revolucionario y las ideas de los hermanos Flores Magón, teniendo por antecedente la huelga de la Mina de Cananea (1906) y la de Río Blanco (1907), ambas reprimidas con violencia.

    Desde entonces, no hemos tenido ninguna reforma laboral en ese sentido. Nuestro modo de vida se ciñe aún al orden concebido por Owen a comienzos del siglo XIX y establecido por nuestra constitución a principios del siglo XX. ¡Más de cien años sin cambio! Durante su primer gobierno, la Cuarta Transformación llevó a cabo una serie de reformas laborales de gran calado, como la del outsourcing, las vacaciones dignas, así como el aumento progresivo y sostenido del salario mínimo, no obstante, la reducción de la semana laboral de 48 a 40 horas sigue siendo un asunto pendiente. De lograrlo, se trataría sin duda de la transformación del mundo del trabajo más importante de la historia contemporánea.

    La propuesta original presentada por la diputada Susana Terrazas no prosperó en su momento debido a la falta de fuerza parlamentaria de Morena. Ahora que la propuesta ha sido retomada por el petista José Alejandro Aguilar López y cuenta con el apoyo explícito de la nueva presidenta –quien la incluyó en sus 100 compromisos de gobierno–, la oposición política, económica y mediática, ha estado difundiendo una serie de narrativas encaminadas a manipular la opinión pública para que la clase trabajadora se oponga a sus propios intereses. Primero que nada, el cuento de la inflación, tal como lo hicieron con el aumento al salario mínimo. Según esto, al reducir las horas trabajadas, los empresarios se verán obligados a contratar más personal, por lo que los productos y servicios serán cada vez más caros. De hecho, añaden, las cosas serán tan caras que a los empleados no les va a alcanzar su sueldo, por lo que tendrán que buscar un segundo empleo. “Lejos de beneficiar, nos va a perjudicar a todos”, dijo el presidente de la Asociación de Ejecutivos de la Gestión del Talento Humano, Daniel Escobedo Uribe, en entrevista para El Sol de San Luis. La otra posibilidad que avizoran es la baja productividad en que incurriría el sector empresarial al contar con menos días laborales, por lo que, nuevamente, tendrían que incrementar los precios. En todo caso, se advierte que el país perdería competitividad frente a rivales extranjeros.

    Caber recordar que el tema de la “competitividad” fue también una de las cartas jugadas para justificar los bajos salarios, los pocos derechos laborales y la exención de impuestos a las transnacionales durante el periodo neoliberal. Supuestamente, la única manera en que podíamos competir como nación en el mercado internacional era ofertando a nuestra población como mano de obra barata para las empresas extranjeras y regalando nuestro territorio para su relocalización. En otras palabras, entreguismo.

    En el fondo, los planteamientos esgrimidos contra la reforma no son sino burdos pretextos para proteger los intereses –tacaños– de nuestras mediocres élites económicas. Mientras que en los países desarrollados las ganancias de la clase empresarial se basan en la generación de nuevas tecnologías, esquemas de negocio innovadores, y la inversión en investigación y desarrollo (pensemos en Microsoft, Meta, Apple, Amazon …); en México, nuestros hombres de negocios se dedican esencialmente a la explotación, la evasión fiscal, el monopolio, así como formas modernas de agiotismo y usura. Están tan acostumbrados al dinero fácil que no conciben otras formas de generar riqueza.

    La prueba de que es posible reducir el tiempo de trabajo está en que todos los países desarrollados lo han hecho. Actualmente, las principales economías occidentales y asiáticas cuentan con una semana laboral de 40 horas o menos (en Francia es de 35, en Japón de 37). Incluso hay países en vías de desarrollo que ya han reducido su jornada laboral a 40 horas semanales, tales como Nigeria o Filipinas. En Estados Unidos, la jornada de 40 horas existe desde 1938 (!); en Europa, tienen décadas con la jornada laboral reducida y ya están discutiendo reducirla aún más. De hecho, contar con una semana laboral de 5 días es un signo de desarrollo en sí mismo. El argumento de la productividad es una falacia porque esta depende del grado de industrialización de un país y de la tecnificación de la empresa en cuestión, no de las horas-hombre. Esto pudo ser cierto en los albores de la civilización, mas no desde la revolución industrial. Así lo ha dejado de manifiesto el proyecto internacional 4 Day Week Global que ha estado piloteando el efecto de una semana laboral de 4 días en diferentes países de los cinco continentes con resultados prometedores: la productividad no solo se ha mantenido, sino que de hecho ha aumentado ligeramente. Esto aunado a diversos beneficios extra en consonancia con la literatura científica: reducción del estrés laboral y burnout, aumento de la motivación y satisfacción laboral, mayor actividad física y mejor calidad de sueño, etc. Es un hecho comprobado, reducir la jornada laboral mejora ipso facto la salud física y mental.

    Pero no solo se trata de empleados más felices, descansados y productivos; los principales beneficios son los que tienen lugar en la vida personal. Un día menos de trabajo significa un día más para estar en familia, para ver amigos, para hacer ejercicio, para atender pendientes, para estudiar algo, para hacer otra actividad económica o –por qué no– para echarse en el sillón a ver Netflix si se quiere. Reducir la jornada laboral es fundamental para mejorar el necesario equilibrio entre el trabajo y la vida personal, y, en definitiva, para ser más felices. No son ocho horas menos de trabajo; es un día más de vida.

    Fecha de publicación:
    31 de octubre de 2024, 21:43

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